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Con los abuelos del Barcia Boniffatti

Fue demasiado tarde cuando me lo dijeron: iría a dictarles un taller literario a un grupo de ancianos iletrados. ¿Cómo se come eso?

Un día, mi amiga María Elena, una antigua compañera de estudios de teatro me llamó para reunirnos. A ella la conocí en 1996, y asumí que el tiempo fuese un aumentativo de la confianza entre ambos, especialmente cuando ella me pidió que la asesorara respecto a unos libros que ella deseaba publicar, y cuando le supliqué que me ayudara con mis campañas de relaciones públicas.

Dicho y hecho, nos dedicamos a ayudarnos mutuamente con cariño y profesionalismo.

En esas ayudas fue que me instó a conocer a Gloria, directora de IEI 096 Emilia Barcia Boniffatti, y gestora del Patronato Luxma, además. Sin saber muy bien a qué atenerme, nos reunimos los tres a conversar muy animadamente, y de aquella reunión salí con el encargo muy voluntario de dictar talleres literarios para la tercera edad en esa zona tan necesitada.

Me dije a mí mismo que sería una excelente oportunidad de promocionarme, y la tomé.

Lo que no me dijeron fue que me tocaría un grupo de abuelos iletrados. Erre con erre, y ya no había de otra. ¿Y ahora, quién podrá defenderme?

Pero no fue tan mala la cosa. Fiel a mi espíritu de Jacques Cousteau combinado con Herodoto, asumí el reto de conversar con aquella junta tan multicultural. Ultimadamente, ¿no son acaso los ancianos aquellos quienes se supone son reverenciados por poseer importantes y valiosos conocimientos de nuestra sociedad?

Y así lo hice. Los primeros días me miraron con suspicacia. No, no era posible que un pituquito de quién sabe dónde, hablando en converso, pudiera ser de fiar. No, nada que ver, pues. Les preguntaba, y me respondían a secas, primero, luego algo burlones.

Mi idea era que me cuenten historias, y luego irlas grabando y recopilando para así sacarles un libro. Pero nadie cuenta sus cosas así como así, y menos a un advenedizo como el que escribe, que no me conocían ni en pelea de perros.

Fue así que empecé a contar cuentos yo primero. Me lancé con Edipo Rey, a ver qué picaba. Una abuelita venida de Ancash comentó al final que eso le pasa por no haber criado a su hijo, pues. Luego, les conté una versión resumida y muy mía de Cyrano de Bergerac. Jamás olvidaré la expresión en los rostros de aquellos ancianos, entre interés genuino y pena por lo que le pasó al pobre narizón.

En las siguientes sesiones, traje cuentos del Talmud, de China, de las Mil y Una Noches. Volaron alfombras mágicas, lámparas maravillosas, diamantes dentro de pescados, correrías en desiertos, ciudades antiquísimas y demás argucias de la fantasía universal.

Ahí fue que empezaron a soltarme sus propias vivencias, cuentos y relatos que poco a poco fuimos recopilando. Ya pasados el mes y medio, se convirtieron en mi grupo de muchachos, a quienes grababa historias de zorros, pumas, fantasmas, y canciones llenas de amores bucólicos, andinos y fragantes a romero, nocturnidad y leña.

A finales del año, logramos terminar de recopilar un libro, el cual le presenté a Gloria. Ella lo acogió gloriosamente entusiasta, y de ahí salió lo que sería un primer tomo, tan lleno de sabiduría, de alegrías y de reconocimiento.

Por mi parte, ese libro que publicamos Manú Pax Editores y el Patronato Luxma fue el comienzo de un descubrimiento y un renacer de la fe en la humanidad. Aquel antiguo proverbio que reza eso de dar para recibir me pareció muy certero. Di, sí; y lo que recibí a cambio fue mucho más de lo que jamás esperé.

No sólo fue la exposición a los medios, la auto-promoción y cien mil más sarabandas. Lo que recuperé fue la capacidad de maravillarme ante la vida, gracias a ocho abuelos, quienes gratuitamente se reunieron conmigo en el muy antiguo y celebrado rito de contarse relatos junto a un fuego imaginario.
Lima, Perú
Enero de 2011

De Quinua a Wari

Estaba harto de la ciudad, harto del bullicio; harto de todo. Por eso acepté esa invitación a irme un rato a Ayacucho. La idea fue desconectarme de Lima.

Pero lo primero que hice al llegar a Huamanga fue buscar una conexión de Internet para estar bien enterado de los ires y venires de mi equipo de redactores, de mis cuentas bancarias, de mis editores, y demás mundanidades. Así me la pasé el primer día, apremiándome a mí mismo en el trauma de no ser lo suficientemente eficiente.

A la mañana siguiente, no obstante, me dije a mí mismo que todo debía irse al cuerno.

Tomé mi mochila, y me fui al mercado. Compré pan, queso, tomates, y agua. Luego llegué a la parada de transportes, y tomé un carro hasta la localidad de Quinua, a casi cuarenta minutos de Ayacucho.

El trayecto fue tranquilo. Me la pasé mirando el paisaje como si fuese una pintura extraña; un escenario de otro mundo. Bueno, sí era otro mundo en ese momento. Yo era un limeño, un hombre de la ciudad, un ser urbanizado. Al llegar a Quinua, mis primeros pasos fueron de camino de regreso.

Porque mi idea original había sido ésa: regresar caminando, cruzando los campos, a la manera antigua.

Como todo sedentario, los primeros veinte minutos fueron una pesadilla. Felizmente el camino fue de bajada, y así se hizo la vida más fácil. Pero caminar, caminar, caminar, caminar... eso no estaba previsto en mi organismo. Así me lo hicieron saber mis piernas cuando avancé mis kilómetros iniciáticos.

Seguí el camino de la carretera por momentos, y en otros corté camino a las curvas adentrándome en plantaciones de quinua y papa; en pastizales donde mugían reses soñolientas; en roquedales cubiertos de musgo. Caminé y caminé durante las primeras dos horas, con la conciencia de ser sólo yo y la tierra.

Ahí fue que volví a ser el viajero, el errante. Fue en ese momento en el que reviví un poco aquella naturaleza tan mía de nómade y de errabundo. Renació el exilio en mí, pero de una manera distinta. Ya no era un expatriado. Era un explorador sin domicilio fijo, quien vuelve a la tierra, y quien la reconoce como suya.

Porque la tierra es nuestra no por reclamarla en un pedazo; sino cuando se la recorre inclementemente como hormiga, respirándola al andar. Por eso a veces considero que no tengo una nacionalidad fija. He caminado por tantos lugares, que jamás podré decir que he reclamado un territorio.

Entonces, me dio hambre.

Busqué una colina y me senté a la sombra de un árbol. Abrí la mochila, saqué el queso, el pan, los tomates, y me puse a comer tranquilamente, acariciado por la brisa de la montaña. El apremio de la ciudad parecía tan lejano en esos instantes. Ése fue un lugar abandonado del tiempo, donde los relojes no existían. Con cada bocado, y cada sorbo de agua, la vida se me iba alargando un poquito más.

Al terminar la comida, me eché a fumar un cigarrillo y mirar el cielo. Es fascinante cuando nos desembarazamos de esa obsesión con el tiempo, y nos quedamos viendo las nubes pasar. Para los que vivimos apurados, las nubes siempre están estáticas en el cielo. Pero, cuando nos deshacemos de la premura, el mundo se manifiesta en un movimiento tan fluido, tan pausado, tan majestuoso, que es imposible no maravillarse ante lo banales de nuestros esfuerzos cotidianos.

¿Qué hago en una oficina? ¿A quién busco? ¿Qué es lo que persigo? ¿Es real lo que pugno en mi diario vivir?

Dormité apenas veinte minutos, y de ahí volví a la carretera. Caminé dos horas más, bajo un sol que iba atardeciendo y enfriando la brisa. Justo coincidió con mi llegada a Wari. Ahí tomé un carro hacia Huamanga; una camioneta cargada de gentes de la zona, animales, productos agrícolas; rostros dorados por el sol y enrojecidos por el frío; la vida misma de los Andes ante mí.

Cuando volví a Huamanga ya era de noche. Llegué al bar del hotel, sucio, transpirado, y en paz. Pedí una cerveza, y me la dieron heladísima. La bebí con agradecimiento, y con un inusitado sentimiento de calma; saboreando cada sorbo helado y burbujeante como si fuese la vida misma.

Luego del duchazo y el cambio de ropa en la habitación del hotel, caí en cama con un dolor muscular atroz. No avancé nada de mi trabajo ese día. Tampoco me importaba ya si conseguía o no una conexión de Internet.

Mis músculos cansados me recordaron que había recobrado mi esencia en algo; y ese peso fue lo que me dio uno de los sueños más descansados que pude haber tenido en años.

Lima, Perú
Diciembre de 2010

La puntualidad en los tiempos que corren

Hace un poco más de diez años atrás que leí un artículo donde un economista peruano (cuyo nombre se me escapa), escribió acerca de la (im)puntualidad. Perú no es el único país que se caracteriza por su hora; también existen la hora argentina, la hora puertorriqueña, la hora dominicana, y demás et céteras. Podemos resumir que un latinoamericano promedio nos cita para encontrarnos a las seis de la tarde, y ellos recién llegarán a las siete y pico de la noche. No tiene pierde, y es un asunto de lo más aceptado; mucho mejor que una American Express.

La explicación que dio el columnista fue la siguiente: los países del norte tuvieron una revolución industrial, lo cual hizo que la economía y la sociedad en sí giraran en torno a la fábrica. Por ende, la cultura del reloj se estableció hasta en las escuelas, que son émulos de pequeñas industrias. Suena el timbre, y todos entran. Suena el timbre, y todos salen. Igualito que en una fábrica, ni más ni menos.

Pero en Latinoamérica no hubo revolución industrial. La economía era latifundista y minera, y los horarios se regían por la posición del sol. El reloj tan sólo fue una curiosidad que ostentaban los patrones en su casa de hacienda, o los ciudadanos más pudientes. Es por ello que culturalmente -explicó el economista anónimo por culpa de mi mala memoria-, los sudamericanos no le tenemos tanto respeto al reloj.

Durante el tiempo que viví en EE.UU., me acostumbré a la puntualidad funcional, pragmática y eficiente. Todo era a su hora, y si no llegas, te cierran la puerta, y para otro día será; caballero. Debo admitir que aunque fue un golpe duro acostumbrarme, me gustó luego que todo funcionara con exactitud de reloj suizo. Digo, en algunos casos mejores que en otros, ya que habiendo puntualidad en los procesos, esto no garantiza que se eliminen los errores humanos. La burocracia siempre será la misma, eso aprendí también.

Aunque es mejor el error humano a sus horas, que nunca saber a qué hora vendrá el responsable de turno.

Con ese afán de llegar a tiempo, empiezan los pequeños síntomas de ansiedad a apilarse sobre los hombros, y de ahí a alojarse en migrañas pegajosas. El mero hecho de mirar el reloj ya agregaba minutos a la joroba del cuello. Diez minutos de tolerancia, como máximo, en algunos lugares, y el tráfico más embotellado era capaz de volvernos alcohólicos al final del día, cuando abríamos la primera cerveza para bajar el stress acumulado de la semana.

Dos años anduve en ese trajín de vivir correctamente cuadriculado en mi schedule, y pobre de mí si me pasaba de los diez minutos de gracia. Las reprimendas no eran graciosas, y siempre estaba el jefe para reportarnos a HR con todas las de la ley. No hay impuntualidad que valga.

Volver -entonces-, a Latinoamérica trajo un mayor estrés a mi vida. Cuando me invitaban a un evento, yo tenía la mala costumbre de llegar siempre a la hora exacta. Terminaba barriendo y ayudando a colgar los adornos porque recién los primeros invitados aparecían dos horas después de la hora oficial. Lo mismo me ocurrió con las citas, los encuentros, las reuniones de negocios, y un largo et cétera más.

Han pasado ya varios años, y aún no me acostumbro a la impuntualidad. No obstante, he asumido una actitud más relajada al respecto con el pasar del tiempo. Ya no me estresa la idea de llegar tarde a un lugar si es que el tráfico nos embotella los minutos. Sé que con una buena disculpa y una cara de compungido habré parchado el problema por mientras. Lo demás, es cuestión de empezar la reunión, mostrar algún atisbo de profesionalismo, y hacer en Roma lo que hacen los romanos. Ni modo.

Lima, Perú
Octubre de 2010

Tu voto no es mi voto

Al ser extranjero, es nuestro deber notificar al consulado local dónde es que vivimos mediante un registro consular. De tal manera, se nos puede ubicar siempre para propósitos legales, cívicos, enjuciables y judiciales. Esto incluye, claro está, el registro de votación para las elecciones presidenciales y para el congreso, con su consiguiente potencial de ser nombrado miembro de mesa, presidente, o qué sé rayos.

Las dos veces que voté en Puerto Rico, recuerdo que el proceso electoral fue más una juerga que otra cosa. Ni bien uno salía de emitir el voto secreto, nos esperaban los mismos peruanos en el exilio con sus cajas de latas de cervezas, comidas típicas, y rondas de amigotes dispuestos a empinar el codo bien políticamente. No había escapatoria, y el votante en mí tampoco tenía muchas ganas de huir, que yo recuerde.

Al regresarme a Perú, decidí no cambiar mi dirección legal de Puerto Rico debido a que no sabía adónde me llevarían mis pies. Así se me pasó un año, dos, tres, y hasta cuatro, sin cambiar domicilio. En aquel interim, hubo dos elecciones municipales, para las cuales vote por ninguna. Al estar registrado en el extranjero, no aplica en mí ninguna jurisdicción. Así que me ahorro de colas y de preocupaciones politiqueras.

Verán, como buen apolítico que soy, me importa un rábano quién salga o quién no salga de alcalde de Lima, Miraflores, Huaycan, o Ccarahuaccyapoma. El mundo fue y será una porquería, como dice el famoso tango. La misma opinión tengo respecto a la política. Siempre habrán entresijos, intrigas y malabares, vote por quién se vote.

Por eso, aunque sea escarnecido por cierto grupo de personas quienes se toman el proceso electoral y cívico tan en serio, yo me abstengo de votar.

Me ahorraré una linda fila, dormiré hasta tarde, y el hígado lo guardaré para la borrachera que me toque ese día, por más ley seca que haya. Transgresor o no, me mantengo fiel a mis convicciones políticas, y que viva la Perestroika.
Lima, Perú
Setiembre de 2010

Comer al paso

Como buen peatón, me gusta descubrir lugarcitos dónde comer merienditas baratas y portátiles. Cada país tiene su variación de las comidas al paso, y en Perú el comer en la calle es toda una institución nacional. Éstas están muy lejos de la pretensión culinaria gourmet. Sencillamente, son alimentos para llenar la panza de la manera más barata y pintoresca posible.

Recuerdo que una vez tuve que levantarme tempranísimo para no sé qué papeleos, y me topé con una carretilla llenecita de sandwiches a un sol. Eran panes con huevo frito, tortilla de huevo, palta (aguacate), (dizque) lomito, y otras variantes. Por un sol más, se podía tomar un café aguadísimo, o un té. En esa ocasión desayuné muy feliz con cinco soles, a lo que equivaldría más o menos un dólar américano con ochenta centavos. Nadita mal, me dije.

Los que abundan en las esquinas de los barrios populares, son los quioscos que venden emolientes, batidos calientes de maca, y otras hierbas que jamás me atreví a probar. Debo admitir -pesarosamente-, que me siento intimidado y apocado el ver a las quiosqueras hacer malabares con los chorros largos, altos y humeantes para enfriar el desayuno líquido de las masas trabajadoras.

También hay jugueros que exprimen naranjas fresquísimas por cincuenta céntimos, y un sol. Existen los que venden huevos de codorniz, los que ofrecen choclo (maíz) con queso, papa con queso, yuca con queso, huevos duros con queso, o queso solo.

Ahí sí me apunto para llenar mi mochila de comida vegetariana, e irme de pícnic urbano, y bien peatón.

Asímismo, están los almuerzos carretilleros, y al paso, además. De ésos, están los infames siete colores, que es un plato con siete comidas distintas (tallarín verde, papa la huancaína, chanfainita, arroz, cebiche, cau-cau, frijoles, o cualquier otra sarabanda), agregando el peruanísimo huevo frito montado. Pariente de ese plato es el popular aeropuerto.

Cuando pregunté acerca de tan pintoresco nombre, me enteraron de que todo aterriza en el plato, pe' manito... Y sí. El plato es la pista de aterrizaje de todo lo que se ofrece en la carretilla. El comensal acaba con un cerro de comida, y una indigestión, además.

Algunas personas me llamarán terco cuando digo que soy fiel al cebiche; y mucha gente estará de acuerdo conmigo en que hay cebiches que mejor se comen -y con mayor gusto-, si son de carretilla. No será de cinco tenedores la cosa, pero con tal de que mis cubiertos estén bien lavados, me someto a placeres gastronómicos que pueden ser hasta de ultratumba.

Lima, Perú
Setiembre de 2010

Tan de Miraflores

Cuando vamos llevando nuestro exilio a cuestas por el mundo, nos es inevitable atribuirnos alguna Ítaca a la cual volver. Durante mis años de Puerto Rico y EE.UU., idealicé poéticamente el Miraflores que yo tanto recordaba de mis paseos a finales de los años noventa.

En esas época estudiaba en el Club de Teatro de Lima, en la primera cuadra de 28 de Julio, casi en la esquina con la calle Porta. Fue durante esos tiempos que mis lecturas de Hemingway me hicieron buscarme cafés parisinos imposibles para emular al gran narrador norteamericano. De tal modo, me iba bien a lo generation perdue a escribir poemas en mesas de vereda, mientras descubría las delicias del café negro bien cargado y sin azúcar, por favor.

Empecé a afincionarme a sentarme en las tardes antes de mis clases, y mirar a la gente pasar mientras armaba mis primeros versos en servilletas, facturas, o cualquier papelito que pudiera llevar conmigo. Hasta ese entonces no era muy afecto a las libretas. Siempre las extraviaba por ahí y por allá en juergas con amigos, o en el descuido del escritorio.

Luego, terminadas las sesiones teatrales, caminaba varias cuadras por esa ciudad que empezaba su ritmo nocturno. Era aficionado a observar cómo se transformaba la urbe de día de trabajo a noche de bohemia incipiente. A veces, caía en algún bar a tomarme un trago bien a lo Hemingway, nuevamente, y seguir escribiendo.

Era una soledad literaria en la que debutaba como observador del mundo en mis años adolescentes.

Esta costumbre se me quedó una vez me fui de Perú. En Puerto Rico quise hacer de las mismas, y me costó mucho trabajo y desengaño darme cuenta que el ritmo de esa isla caribeña era muy distinto. Probé cientos de cafetines, restaurantes, terrazas de mar, et cétera; pero jamás pude hallarme en esa esencia de pasajero pretenciosamente parisino.

En Jacksonville fue peor, ya que en esa ciudad era imposible ser peatón. Justamente lo hermoso de un café de vereda es poderse sentar en el anonimate de ver a la gente caminar en su nochalance de día de otoño, por ejemplo.

Al no tener este escenario, la nostalgia me hizo idealizar aquella Ítaca que encarné en Miraflores, sus calles, sus pequeños negocios, sus vericuetos, tantos recuerdos.

Cuando llegué a Montevideo, vi que esa ciudad oriental era demasiado parecida al Miraflores que yo mismo me había inventado. Así fue que me enamoré de aquella urbe tan pequeña, donde compuse pocos poemas en mis escasos tiempos libres de viajero.

Amé Montevideo como quien reconoce la esencia de aquello que nos enclaustra en sueños. Ahí se me convirtió en aquel rincón del mundo donde siempre quisiera regresar, como lo fue Miraflores. Se me confundieron ambas ciudades como si fueran barajadas en ese colectivo afectivo que llevo dentro.

A finales de 2006 regresé a Lima, y uno de mis primeros periplos fue a recorrer aquellas calles miraflorinas que tanto quise encarnar en la nostalgia aperogrullada de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pero las Ítacas cambian, me dijo un gran amigo.

Y es cierto. Jamás pude volver al Miraflores que yo recuerdo, porque éste murió en el momento en que me fui de Lima, allá en 2001. Me di con la amarga noción de que aún vivía en una especie de exilio, en el cual ahora el tiempo tomó el lugar de la distancia.

Ya Miraflores no es la misma que fue hace ya más de diez años atrás. Lo que me consuela, sin embargo, es haberla podido conservar en instantáneas versificadas en poemarios bien sentidos. Mantengo aún las sensaciones frescas de mis paseos vespertinos, cuando el otoño era tan sólo una excusa para sentarse a disfrutar de las últimas fiestas del sol en el poniente, y calentar la noche con un café negro, bien cargado, y sin azúcar.

Pero aún me queda Montevideo, aquella ciudad tan de Miraflores, a la cual me debo regresar, como quien vuelve a esas Ítacas que nunca queremos que cambien.
Lima, Perú
Agosto de 2010

Donde los Arriarán

Hace un poco más de un año atrás una vieja amiga me invitó a ir a Ayacucho para la fiesta de su familia. Según me contó, era de la estirpe de los Arriarán, quienes tenían orígenes españoles y colonizadores de tierras ayacuchanas. Pero, como vinos venían y más piscos fluían, mi atención desvarió en comprender sólo que debía llegar a Huamanga en cierta fecha, que caía sábado.

Así lo hice, y mientras viajaba en el bus interprovincial me encontré con su hermano, con quien entablamos conversación, y quien me éxplicó acerca de qué rayos era aquella festividad. Para empezar, todas las fiestas religiosas tienen un organizador, o encargado, a quien se le denomina mayordomo. Éste es quien se ocupa de bancar con toda la responsabilidad de armar un evento anual que sea memorable, ya sea en honor a la Virgen de Conchucos, el Señor de Quinuapata, y demás personalidades del santoral.

El caso es que a la familia Arriarán se les ocurrió la idea de celebrar a sus ancestros patriarcas y fundadores con una fiesta anual, en la cual las diferentes vertientes de arriaranes tomarían el cargo para ser mayordomos por turnos. Por ahí se me siguió explicando los distintos tipos de Arriarán, pero entre el mal de altura y los piscos residuales, fui perdiendo el hilo. Así que si me lee algún gran amigo Arriarán, sabrán disculpar la licencia literaria que me adjudicaré en esta crónica, ya que de Arriarán-López, Arriarán-Mercado, Arriarán-Pestalozzi, o Arriarán-Karlovic no me acuerdo, no evoco, no carburo. Así de bruto soy.

Pero no fui bruto a la hora del pisco, y ahí fue que empezamos desde la noche anterior a la misa.

Porque hubo misa, serenata, recibimiento, desayuno, banda y baile fuera de la iglesia. Los Arriarán-de-las-Galletas repartieron ponche y pisco. Una de las mayordomas, a quien recuerdo como la Arriarán-Guía-Espiritual nos ofició una descripción de la ceremonia, en la cual se hizo apertura de una peregrinación que nos llevó hasta el cementerio. Ahí, ella saludó tumba por tumba a los Arriarán-Fundadores. En cada nicho y tumba, le dedicó palabras sentidas, alegres, celebratorias, y bien cargadas de fe. Siempre tuve la convicción de que es una costumbre hermosamente poética el recordar con tanto cariño a la imagen de aquellos quienes marcaron nuestras vidas al precedernos. Es la manifestación de un cariño que trasciende los tiempos.

En mi resaca de invitado-sin-ser-Arriarán -aparte de sentir cierta envidia sana-, pude apreciar la asistencia de los distintos pelajes y variaciones de Arriarán. Estaban desde los recién bajados del avión desde los United States of America, pasando por los limeños y alimeñados, llegando por uno que otro trotamundos-que-tropezó-de-casualidad-por-acá, y varios del equipo local.

Luego de aquella bellísima peregrinación, era hora de embarcarse hacia el cerro La Picota, que sobremira la ciudad de Huamanga, y donde los Arriarán-Mayordomos habían armado tolderías, mesas, viandas, comidas, cajas de vinos, dotaciones de piscos y muchos pertrechos para armar la juerga más juerga del año. Como buen invitado-sin-ser-Arriarán, llegué de entre los primeros, y metí mano en la organización de muebles y lugares de honor junto a los Arriarán-Mayordomos.

Una vez terminados de armar el campo de batalla, se recibió a la comitiva de arriaranes a punta de música de banda. Llegaron camionetas, buses pequeños, carros particulares, taxis, caballos, caminantes, trovadores, más invitados y uno que otro extraviado que cayó por ahí de casualidad.
Todos ocuparon sus lugares de acuerdo a una jerarquía familiar que me evadía, y empezaron los discursos y saludos de rigor. Mi amiga, quien era parte de los Arriarán-Mayordomos, hizo de maestra de ceremonias. Hubo brindis, hubo buffet, hubo evocaciones, semblanzas, recuerditos y recuerdazos. De más está decir que para ese entonces debí haberme aprendido de memoria quién era quién de los Arriarán.

Pero no. Llegó mi turno de entrar al buffet, y según mi jerarquía de invitado-sin-ser-Arriarán, llegué a tiempo para degustar comidas que en mi vida jamás. De más está decir que juré poder morir en paz ese día luego de probar algo tan maravilloso en respecto a la culinaria ayacuchana.

De ahí, claro está, empezó a correr el licor. Ahí pude notar que mi amiga se dedicó a ser algo así como la emborrachadora oficial, ya que nos rellenaba a todos con copitas de pisco, mientras por ambos lados de la moneda corrían botellas de vino. A diestra y sinietras salieron también cajas de cerveza, y cuando la comida terminó, todo mundo a bailar se pusieron.

Al caer la noche, salieron los castillos de fuegos artificiales. La juerga estaba en full swing, y por ahí empezamos a aflorar los primeros ebrios. De ahí que surgió la comidilla de eventos que incluyeron seducciones extrañas, peleas en la cual un Arriarán-Puños-de-Oro le cayó encima a un Arriarán-Copa-Llena, y medio mundo hizo de las suyas. Este servidor, al ser tumbado de su silla, también le entró al tumulto, donde los golpes fueron y vinieron. Pero todo se disolvió tan pronto como empezó, y todos volvimos a cantar abrazados y a voz en cuello, más amigos que nunca, y no me mentes la madre, compadre, que te vuelvo a patear.

Ya entradas las horas, cada uno agarró su calabaza, y cada Arriarán se fue a su destino particular.
Para la mañana siguiente, hubo desayuno en el hotel Valdelirios, con caldo de mondongo. Fue el desayuno más largo que he visto en mi vida. Empezó a las ocho, y terminó a las diez de la noche.

Los diferentes colores de Arriarán pasaron por ahí a comer, bajarla con pisco, y rendirle culto a las cajas de cerveza. Por supuesto, la comidilla del día anterior se convirtió en un ir y venir de bromas y chacotas donde ningún Arriarán se salvó. Tampoco nos salvamos los invitados, quienes por jerarquías también tuvimos nuestra parte del pastel.

No obstante ebriedades, juergas y anecdotarios, siempre me gusta rescatar aquello que los hizo tan entrañables. Aunque jamás recuerde bien quién es quién a ciencia cierta, puedo decir con alegría y profundo agradecimiento que una familia tan unida me hizo tener un poco más de fe en el género humano. Ellos son un grupo de gentes tan similares y tan distintos que pudieron juntarse para crearse una tradición. Sin exagerar, puedo afirmarme a mí mismo que ésa fue una de las pocas veces en mi vida en la cual puedo decir que he sido testigo de un hecho que bien pudiera sentar bases en la historia de un pueblo.

Lima, Perú
Agosto de 2010

Atrapados en el tiempo

A veces pienso que vivir en Perú es quedarse atrapado en pequeños rincones donde aún se convive con el pasado. De eso me percaté una vez en que escuché una conversación a mis espaldas, cuando dos congéneres míos se refirieron a cierto colega fisiculturista, comparándolo con Charles Atlas. Recuerdo -también-, haberme tropezado con un diálogo acerca de enfermedades venéreas en una bodega, donde una muchacha más o menos de mi edad mencionó a Rock Hudson como si fuese un personaje de la actualidad.

¿Cómo es posible que personas de mi generación tuviesen referentes culturales de épocas mucho más antiguas? Nosotros, niños peruanos de los 80s, mantenemos vivas las memorias de héroes y villanos que estuvieron en boga durante la década de los 40 hasta entrados los 70.

En las conversaciones nostalgiosas con amigos y colegas, caemos en recuerdos de Adam West como un Batman panzudo, del Super Agente 86, de la serie bélica Combate, o de episodios de Hechizada en blanco y negro. ¡Ni qué hablar sobre dibujos animados! La mayoría de peruanos aún recordamos con cariño haber visto la versión animada de The Beatles, y las variedades de dibujos de Max Fleischer, Mel Blanc, Chuck Jones, entre otros.

Crecimos en un ambiente que hoy en día se denominaría retro, pero del cual nunca tuvimos mucha opción. Sencillamente, era lo que se nos alimentó por vía televisiva, en tiempos cuando el servicio de cable era una fantasía, e Internet no cabía ni en la imaginación de Buck Rogers en el Siglo XXV.

La televisión venía con programas repetidos, películas de John Wayne y Charlton Heston, pero salpicadas también con algunos sitcoms ochenteros que lograron colarse por ahí y por allá.

Es por tal razón que el peruano promedio tiene una máquina del tiempo como referente cultural. Cuando viajamos al extranjero, pasamos como seres sumamente cultos y llenecitos de bagajes interesantísimos de legados mediáticos clásicos. Hoy en día existen cursos específicamente preparados en algunas universidades donde se requiere que los estudiantes vean la misma programación variopinta, para analizar los cambios de idiosincrasias y la evolución de la sociedad y demás blablablá.

Siento que aunque estemos atrapados en el tiempo, mantenemos esa ventaja de haber aprendido de antemano las lecciones del pasado frente al televisor.

Lima, Perú
Agosto de 2010

Gris, gris, gris...

El invierno de Lima es gris. La ciudad amanece con una fina llovizna traída de la niebla que se queda estancada perennemente sobre la ciudad. En algunos distritos, esa neblina entra por las ventanas, se cuela dentro de las casas, hace desaparecer edificios, convierte las calles en un territorio donde las distancias son engañosas. Para los que tienen ojo para lo pictórico, se podría pensar que Lima se convierte en un cuadro de Monet por varios meses... si es que Monet tuviera un ojo para lo contemporáneo y lo triste.

Porque Lima es una ciudad tristísima en invierno.

El cielo permanece encapotado de niebla y más niebla. La luz del día queda apestada también del smog, de un viento frío traído del mar.

Pero, es una tristeza hermosamente poética. A pesar de que el sol se toma unas vacaciones y huye despavorido de Lima, esa aura espectral envuelve los amaneceres fríos en un misterio que dan ganas de desentrañar.

La tristeza puede ser hermosa, aseguró alguna vez Osho; y tuvo razón. La belleza de Lima radica en lo lóbrego de sus calles, en el peso de sus historias, donde deambulan todo tipo de personajes buscando echarle algo de color a los días que aún no son verano.

Durante mis años de Puerto Rico y Jacksonville aprendí a extrañar ese encapotamiento gris de Lima. También supe apreciar aquella tragedia tan bella de ciudad desértica, una urbe que vive de espaldas al mar, y ampliándose más allá del valle del Rímac y abriéndose a mordidas en extensiones rocosas.

Lima es gris, hasta que llega el verano redentor. Es ahí cuando ella deja de ser Lima, y se convierte en cualquier otra ciudad cosmopolita; soleada, abierta, alegre, desenfadada... una capital más del mundo.

Lima, Peru
Agosto de 2010

No me esperen en Starbucks (2)

Hay ocasiones en que nos es difícil mantenernos consistentes con ciertos ideales y/o convicciones. En lo particular, alguna vez comenté que no me gustaba mucho ir a Starbucks por el mero hecho de que no existen meseros, que había que pedir en un mostrador mismo fast-food, y que las mezclas de bebidas a base de café son de una pretensión gourmet tan sólo demolidas por ser servidas en absurdos vasos de papel.

Asímismo, hace varios años atrás escribí en mis crónicas que uno tan sólo podría decir que ha conquistado una ciudad si es que se ha conseguido un bar adónde recalar, y una peluquería para volver siempre todos los meses.

En mi búsqueda incansable por Lima, hallé un bar fabuloso cerca de casa. Se llama Almendáriz, y es una cava, licorería, y bar gourmet. Los tragos son carísimos, y no tienen wireless. No obstante, algo le faltaba, y nunca pude echarle el diente.

Mientras tanto, me pongo a pensar acerca de éstos y otros misterios mientras trabajo en mi laptop, con mi botella de agua de soda con hielo en un Starbucks. Casi todos los días voy de tarde para sentarme en los sillones que dan ambiente de sala, ignoro los cafés y me refresco las horas de trabajo y redacción con mucho hielo y agua con gas.

Fue en uno de esos días que me di cuenta que en mi exilio sin extranjería había logrado adquirirme un "bar" al ser un cliente regular de Starbucks.

Debo admitir, no obstante, que aunque en tal lugar no sirvan bebidas alcohólicas, me gusta echarle su chorrito de whisky al hielo de mi agua, y así mi tarde la paso alegre hasta que se hace de noche. Para los demás clientes regularones, es probable que esté tomando algún tipo de iced tea. Todos somos felices, y el jazz de música de fondo me da la razón cuando me arrellano, comodísimo, en la imitación de sala que el mobiliario nos provee.

Las chicas baristas ya me conocen y me he vuelto conocido entre varios clientes asiduos. Puedo no quejarme.

Lo interesante del asunto, sin embargo, radica en que esta cadena de franquicias dedicada al café tiene la misma personalidad/decoración/imagen por donde se vaya. El milagro del Wi-Fi es un gran atractivo para mí, peatón cibernético y literario. Por ello me gusta caminar por la ciudad y recalar en cualquiera de estos clones de living room cuando quiero hacer como que trabajo en mis artículos.

Pero siempre regreso al Starbucks de cerca a mi despacho, donde sé que me hice de un rinconcito de bar entre tanta belleza prefabricada y aséptica. Al fin y al cabo, sirve para el mismo propósito que alguna vez tuvo el Transylvania en mi vida, allá en mis años de Puerto Rico. Nunca dejo de ser extravagantemente primitivo en mis gustos.
Lima, Perú
Agosto de 2010

Hasta que el meridiano pasó...

Hasta que el meridiano pasó
y constelada saliste.

Mientras cesó la música
cantabas.

Todo calló en el mundo;
tan irrepetible
como escucharte
tan mítica y divinidad
acariciando la letra más humana
en unas canciones de tus labios.

...y cuando acabó el canto
la melodía siguió flotando en tu mirada
en un rictus tan fresco
que mi sonrisa
quedó para tus ojos.


Lima, Perú
Mayo de 2007

Dakar Daughter

Pues ahí estábamos ella y yo en el auto, estacionados frente al mar, en uno de aquellos inenarrables atardeceres puertorriqueños. Tenía la laptop encendida, y estaba sonando Dakar Daughter de Don Grusin, aquella preciosa melodía tan cargada de imágenes nocturnas del desierto, de antorchas, de danzas furtivas, del olor de tierra húmeda del África septentrional, de orillas de mar lejano; tan de la Clara de mis poemas de 1996.

Ella enrollaba un cigarrillo de marihuana; yo me daba cuenta de que era la primera vez que se me cumplía exactamente aquella escena que tanto imaginé. Sí, sí; era en ese mismo instante que veía el mar, el poniente, lo maravilloso de estar en un confín del mundo mientras escuchábamos esa pieza de jazz contemporáneo.

Se lo hice saber a ella a borbotones que se entremezclaban de retazos de poemas y emoción.

-Voce não ta certo-, me dijo.

Aunque todo empezó en 1992, más o menos en octubre, si no me equivoco. Cayeron en mis manos algunos CDs: uno de los Rippingtons, otro de Don Grusin, y el último de Special EFX. Ahí descubrí el camino del desasosiego; ahí nació mi inquietud por los fantasmas.

Con el pasar de las canciones y los meses, fui internándome en vericuetos imaginarios, por donde iba siendo envuelto por tantas instrumentalizaciones. Así aprendí que Weekend in Monaco era un viaje desde Lima a través de una América festiva hacia los confines del Atlántico. Vi pasar rostros danzantes en una feria interminable con los trazos de un Colonial Empire. Caminé desolado en las playas de Where the Road Will Lead Us. También imaginé bosques extensísimos al oír Vienna y A Place for Lovers, una y otra vez.

No obstante, Dakar Daughter fue aquella melodía que le diera comienzo al mito de Clara en mi corazón.

No sé cómo iba siendo transportado a una playa nocturna, donde acababa el desierto y empezaba el mar. Era la oscuridad llena de estrellas y antorchas, y una mujer danzaba silenciosa. Sus pasos seguían el ritmo pequeño poético del piano. La mirada de ella… ella… ella… era como buscando una tierra lejana y perdida. Por momentos se detenía, volteaba a mirarme (mientras estaba sentado sobre la arena, contemplándola en mi embeleso), y jugaba a ser inalcanzable.

1996 fue el año en que más acuné a Clara en mis poemas, y con el tiempo la fui buscando como loco por todos lados.

Luego, me casé y la olvidé.

Pero, de pronto, en ese lugar del Caribe, en medio de la nada, apareció esa canción, y con ella, aquella escena del atardecer sin nocturnidad. Todas aquellas imágenes poéticas regresaron.

Cuando terminó la pieza, fumamos un poco de marihuana y bebimos una copita de brandy por los recuerdos. Ahí descubrí que la poesía nos persigue tanto como una dulce memoria; como la fragancia de todos los amaneceres juntos, que a veces olvidamos, son uno solo durante toda nuestra existencia.

Lima, Perú
Julio de 2007

Un viaje a Ate

Maju y yo hicimos un periplo cortísimo al distrito de Ate. Fue de noche. Sí, de noche.

Sucede que fuimos a ver a un reputado médico naturista cuyo consultorio queda ahí nomás. ¿Por qué visitamos a un naturópata? No lo sé. No me pregunten. No me acuerdo.

Lo que sí recuerdo fue la llegada, luego de un brevísimo viaje de veinte minutos en autobús público. Era en plena carretera central, llenecita de letrerazos de polladas bailables, conciertos de grupos folclóricos, ferreterías y locales que venden caldo de gallina.

Fue una experiencia a lo National Geographic.

Las calles eran semi-oscuras, por partes de tierra apisonada, por otras era de asfalto quebradizo, en donde andaban los inevitables mototaxistas. También estaban los puestitos de comida al paso, donde las condiciones de salud brillan siempre por su ausencia. Los alimentos cuestan; las enfermedades vienen gratis.

-¡Oye! Ahí venden cuatro cervezas a diez lucas-, exclamó una entusiasmada Maju.
-Ya sabemos adónde venir cuando estemos bajos de fondos.

Sí, a los bajos-fondos.

Claro que todo era en broma. Caminábamos por una terra incógnita donde nadie nos conocía, y donde éramos totalmente extraños. Se nos veía en la ropa. No, no éramos de allí. Ella con sus pantalones Fiorucci y yo con mi chaqueta Eddie Bauer.

-La próxima vez me das tiempo para cambiarme. ¿Sí?

Nosotros, al estar tan acostumbrados a irnos por Miraflores, San Isidro –yo por Condado, por Isla Verde, por Ponte Vedra, por San Marco-, Barranco, la Molina, el andar por esos lares nos pareció casi-casi como estar en una provincia.

Todo era tan improvisado, tan pobre, tan provisional, tan lleno de colorines chicha, que el miedo no se hizo de esperar.

-Todo esto para ir a ver a un naturista, ¿verdad?
-Ché, parece como si estuviésemos en una ciudad del sudeste de Asia.
-Vamos, que me da miedo. Tomémonos una gaseosa en alguna bodega.

Y nos sentamos en las mesas acostumbradas a la cerveza, y nos tomamos una Inka Kola bien comiéndonos un buen chancay de a veinte.

Teníamos una cita para las nueve de la noche, y eran las ocho y media. Nos pasamos la media hora bien sentaditos en la bodeguita, muertos de desconfianza y de frío, y contándonos chistes para pasar el rato. Hasta en la forma de hablar se notaba que éramos de otro lado. Así que hablamos bien bajito.

Mi primer recelo eran los grupos de hombres que se juntaban en las esquinas. Según los reportes que leía a diario, en esas zonas (como en todos los conos de la ciudad) suelen pulular los pandilleros, los delincuentes que asaltan a cargamontón.

Pero no pasó nada.

Terminamos nuestra bebida, pagamos y nos fuimos hacia nuestra británica puntualidad de llegar a la hora convenida al consultorio.

A la salida fue otro cantar. Estuvimos un poco más acostumbrados a la zona, y caminamos con mayor gracia y soltura hacia el paradero donde tomaríamos el bus que nos rescate de nuestra experiencia que ni el Travel Channel.

Anthony Bourdain era un chancay de a veinte a comparación de nosotros.

Lo más interesante de todo es aquella naturalidad con la que asumimos esa otra realidad, aquella tan provinciana de nuestra Lima. Logramos hallarle ese delicioso rastro de humor a lo cotidiano, y le perdimos el miedo a lo desconocido.

Me dieron una receta extrañísima que no pienso divulgar, y que debo seguir al pie de la letra por siete días. Pasado ese tiempo, nos tocará regresar.

Al menos sé que nos queda el consuelo de las cuatro cervezas a diez soles y el irnos acostumbrando a esa otra Lima, la horrible y tan verdadera hasta las lágrimas.


Lima, Perú
Junio de 2007

Libros y vinos

Entre tantas de mis pasiones, existen dos que son indefectibles: los libros y los vinos.

Es cierto que a las personas que les gusta salir a comprar, van por objetos en específico: ropa, accesorios, repuestos para carro, prostitutas, piezas para computadoras, et cétera. Hay otras que son compulsivas, y se van tan sólo por el gusto de ver en qué gastan su dinero.

Jamás he podido concebir eso, aunque debo admitir que cada vez que salgo de shopping, me voy directito a la sección de vinos, o a las librerías. Para mí es la mejor solución. En realidad, es a los únicos lugares adonde voy, casi compulsivo e ilusionado como niño.

-Linda, tú ve comprando. Yo me voy a ver libros-, le diré a la compañía femenina de turno.

Hay que admirar a aquellos sacrificados hombres que se soplan horas y horas de horas acompañando a su esposa, con la paciencia en ristre, mientras compran. Por eso, mi huida ya está bien planeada de antemano.

-Ah, y nos encontramos en el Chili’s dentro de dos horas. ¿Sale?

Perfecto.

Entonces, tengo dos horas de libertad para revisar las nuevas publicaciones, las portadas, los volúmenes, los autores de moda y a los tradicionales y entrañables mal conocidos. ¡Una nueva edición de Cisneros! ¡Qué horrible portada la que le hicieron a Eco! ¿Tan barata está esta colección de Proust? ¡Qué lindo –y qué caro- está este libro de fotografías de Cartier-Bresson!

Debo confesar –nuevamente-, que cada vez que voy a Borders, me meto al sistema busca-libros y me pongo a ver si aún tienen mi libro a la venta. Si, Intramuros Palachinke sigue disponible. Ése es el clímax de mi felicidad de a pie.

También están los libreros de viejo, y ahí sí que me zambullo como loco. En esas andanzas, recuerdo que conseguí un ejemplar único del Promethee Mal Enchainé de André Gide, pero publicado por Editions Gallimard, allá por 1937. Es una pieza única, y que me costó tres dólares, y escaparme casi corriendo antes de que se dieran cuenta de su error. Otra joyita: un tomo de literatura francesa a cuatro dólares con los tres libros de Tartarín de Tarascón del bueno de Daudet.
Hermoso hallazgo.

No obstante, me gusta mucho caer en las boutiques de vinos. Los grottos, como le dicen allá en los Estados Unidos. Si tengo suerte, también hallaré habanos de primer orden, y mi felicidad no conocerá límites.

Por tradición, en mi familia somos bastante iberófilos. Por ende, me dirijo siempre a la sección de vinos españoles. Deliro por los tempranillos de Ribera del Duero, o los Riojas bien plantados. Una vez saciada mi curiosidad, mis ojos divagan por las bodegas francesas, las californianas, las chilenas, las argentinas… y después entramos en la oscura tierra de los vinos del resto del mundo.

Sudáfrica tiene unos excelentes Riesling, como bien se sabe. La otra vez conseguí un Sauvignon Blanc sudafricano, y no me defraudó. Ver los vinos de lugares exóticos siempre es una grata sorpresa. Syrah de Australia, Riesling de Oregon, Tokaji Bulgaria y Pinot Noir de Rumania… ¡Uhm! Es difícil elegir.

Pero, siempre termino optando por dos, o tres botellas distintas, y salgo feliz para agregarlos a mi colección; tal cual hice en Jacksonville, donde tuve la más variada cava de mi vida.

Cuando pasaron las dos horas, nos encontramos con la acompañante femenina.

-¿Qué compraste?
-Yo, dos pares de zapatos, una blusa y un par de sostenes que estaban en oferta. ¿Y tú?
-Acá tengo una increíble edición de Unamuno, y un libro de fotos bien baratito; también nos conseguí un Malbeccito argentino fenomenal, y un Pinot Noir que me encantaría probáramos esta noche.

…y aunque no haya una mujer a quien contarle nuestros hallazgos –como suele suceder-, existe aquella exquisita e invariable satisfacción de salirnos con la nuestra en un día de shopping.


Lima, Perú
Junio de 2007

No me esperen en Starbucks

Me gusta tomar café en taza, no en esos absurdos vasitos de cartón o de espuma sintética. Cualquier bebida caliente la bebo sin prisa, sentado, y en taza. Es la única manera en que puedo disfrutar de todos aquellos elementos que hacen de una tarde/noche memorable: una excelente bebida, una inolvidable compañía, la delicia del tabaco, y una conversación de aquellas que se prolongarán hacia las copas en algún barcete, o en un caminar nocturno lleno de sonrisas.

Esa fue la excusa para encontrar a Maju. Hallarla a ella fue sencillo. Nos citamos en un Starbucks, donde todos beben en vasos de cartón, y los empleados me odian por mi empecinamiento de hacerles buscar tazas de loza. Yo los detesto porque se pide en el mostrador, y no en la mesa. En fin, es la quintaesencia de la gringada que hacernos un fast-food del café.

Ahí soy el primer disidente al pedirme siempre una taza de té de menta. Todos beben sus combinaciones extrañas y aberrantes de cafés con crema con las cuales jamás comulgué. La única vez que pedí un espresso, me lo sirvieron en una pésima tacita y un vasote gigantesco con agua (que expresamente pedí). El café –para mí- es negro, cargado y sin azúcar. Nada de cremas, nada de nada. Es la esencia misma de la felicidad tostada. Pero no, en Starbucks pido mi taza de té, y que se pudra el mundo.

Y así me odian –bien sonrientes-, en todos los locales a los cuales he ido en mis pocos viajes.

Pero Maju no me odia. Espera sonriente a que le lleve su té de moras junto al mío de menta. Le cargo toneladas de azúcar al suyo, y mi té queda sin endulzar, fiel a la esencia de la infusión.

Maju no me odia, y me recibe con una silla junto a la mía. Disfrutamos así de nuestras excusas de fumar cigarrillos y amar la noche que se vuelve en horas y horas. Son tantas que se convirtieron en días. Aquellos encuentros en la Lima que transitamos como peatones se han tornado en la manera perfecta de hacernos un rendez-vous bien conversado.

Aunque, todo empieza por algún lado. Cuando nos citamos la primera vez, al segundo sorbo de té me dijo que adoraba releer No me esperen en abril, aquella bellísima novela de nostalgia del gran Bryce. Llevé mi laptop en uno de esos primeros días, y le hice escuchar Pretend de Nat King Cole. Esa fue la canción de los enamorados del libro: Manongo y Tere.

Para ellos, fue el himno de su relación. Nosotros los evocamos siempre, cada vez que la bailamos por parques y plazas, tan de memoria…

Pretend you’re happy when you’re blue –entonces-, es casi nuestro soundtrack de cuando giramos y giramos muertos de sonrisas por las calles de Surco.

Me hace recordar tanto a la celebración a la adolescencia que Zoé Valdés hiciera en su Café nostalgia, tan parecida en espíritu a la mentada obra de Alfredo Bryce Echenique.

Siempre me ha parecido que los escritores quedamos atrapados de alguna manera en juventudes las cuales queremos explotar en libros bien vividos y recordados. ¿Será una manera de exorcizar una época? ¿Sería un himno a un todo tiempo pasado fue mejor?

Quedamos invariablemente con esa deliciosamente triste duda. Mientras tanto Maju seguirá saliendo del diario en que trabaja para irme a ver, y yo la esperaré entre tazas de té y un Pretend que nos revelará una noche más de tiempo sin tiempo.


Lima, Perú
Mayo de 2007

Wilson, laptops de segunda mano, y un día de pesca (con conchas negras incluidas)

Es cierto, no publiqué la entrega de mis crónicas de la semana pasada. Mi buzón de correo electrónico estuvo lleno de reclamos y amenazas de muerte. Tengo una excusa muy seria. Se me murió el laptop. Aquel héroe-compañero de mis innumerables viajes decidió expirar. Era hermoso llevarlo en mi morral -junto a mi cámara fotográfica y mi pasaporte-, por los caminos del mundo, citando a Atahualpa Yupanqui. Su disco duro decidió que era hora de quemarse, y de dar cincuentamil vueltas en redondo sin atinar a leer datos. Me quedé sin computador.

Me dije: demonios. ¿Ahora, cómo hago?

Recordé que la avenida Wilson es el paraíso de la computación ilegal lindando en lo pirata. Hacia allá fui, fiel a mi palabra de mercenario auto-declarado. La encontré muchísimo mejor, y con una oferta increíble para la demanda actual. Hallé piezas, consolas, pantallas, software, artefactos, servicios, accesorios y demás artículos de informática necesidad.
Wilson sigue siendo el Edén de los piratas y bucaneros.

Me conseguí mi actual monstruito IBM Thinkpad T20, al módico precio de US$320, y con garantía de seis meses. ¡6 meses! ¡Garantía! Esas palabras no existían en estos lares hasta hace… bueno, no importa desde hace cuánto tiempo.

Pero –demonios (nuevamente)-, la máquina empezó a darme problemas desde el primer día. Por supuesto, regresé a honrar mi garantía de seis meses, y fui a la mañana siguiente. Me cambiaron las piezas malas, y regresé contento a casita. A los dos días, el disco duro patinó. De vuelta a Wilson. Me lo cambiaron. Al otro día, tuve otro desperfecto. Una vez más, ir a honrar la garantía. En fin, ya no recuerdo cuántas veces regresé al local ése de las computadoras portátiles baratas. Lo único que sé es que desde hace unos buenos días, ya mi máquina no me ha vuelto a fastidiar.

Está feliz ella, ronroneando encima de mi escritorio mientras escribo el artículo que debió ser de la semana pasada, con todo y disculpas.

Hace unos días atrás me fui de pesca con unos amigotes de mi infancia. Fue interesante, ya que ése quise que sea el tema de mi artículo que se comió la mitad en perdir perdones.

Salimos en la noche y llegamos de madrugada a Sarapampa, a ciento y pico kilómetros al sur de Lima. Éramos dos coches con seis tipos rudos, llenecitos de aparejos, botellas de whisky y ron, comida magra para no malograrnos el apetito, y las ganas de quedarnos todo el día siguiente en la playa. Era una salida de hombres solamente.

Llegamos, armamos carpa, lanzamos las líneas, y nos pusimos a beber mientras esperábamos a que pique algo. Con el pasar de los minutos, cada uno fue recogiendo su línea, excepto yo, el terco. Mientras los demás se resignaban a no pescar ni un resfriado, yo me la pasé bien a lo pescador-Hemingway con mis aparejos bien lanzados de orilla. Ellos bebían, yo era el viejo y el mar.

-¡Manolo, vente a chupar con nosotros!
-Ni cagando. Ahorita pican.
-¡Ya oe, no seas huevón! ¡Ven para acá!
-¡Ya! Aguanta un toque mientras engancho la línea a tu carpa.
-¡En mi carpa no! Pucha, se la va a jalar el mar.

…y no pasó nada. Nos pusimos a beber bien a lo Chivas Life, mientras los peces se mataban de risa de mis aparejos que ni irían a pescar nada.

En la mañana nos despertamos cada uno en su carpa. Con ganas de seguir el día, salí, recogí mi sedal, y lancé un aparejo fresquecito. En ese instante, uno de mis amigos dijo algo inenarrable:

-¡Puta madre! No he traído bloqueador. Vámonos de vuelta a Lima. Así no la hago.

Mis demás varoniles amigos asintieron, le dieron la razón, y empacaron sus cosas con envidiable velocidad. Estuve a punto de mandarlos al diablo, pero más pudo la amistad y los ayudé con los bultos y petates.

Enrumbamos a Lima, de vuelta, con el estómago vacío, y el orgullo entre las piernas.

No obstante, paramos en un mercadito de esos por Magdalena, y no recuerdo bien cómo fue la maroma, pero acabamos la faena de la pesca trunca comiendo un excelente cebiche de conchas negras en un puestito. Debió haber sido la felicidad de estar con los amigos, la incongruente belleza de la cocinera, o las cervezas acompañadas de las conchas negras, pero el mal humor se me fue, y todo se diluyó en un ir y venir de carcajadas, bromas y buena salud.

Lo más interesante del asunto: no me cayó mal el cebiche. Extraño, ¿verdad?

Sí, insólito y sublime.




Lima, Perú
Mayo de 2007

¡Ah, el taxi!

No me acordaba que tomar un taxi en Lima era todo un ritual. La ley de Murphy se aplica muy bien acá: cuando más se necesita un vehículo, más difícil es éste de conseguir. Lo inverso sucede cuando no nos hacen falta: llegan taxistas por todos lados. Ahí –digamos- empieza y termina aquella cuestión de verdad universal.

Una vez llegado el mentado taxi, el diálogo es el siguiente.
-Amigo, una carrera hasta el parque central de Miraflores.
-Ya pues. Diez luquitas.
-No pues tío. ¡No seas malo! Si yo siempre pago siete soles de acá para allá.
-Ya pues, nueve lucas.
-Ocho.
-Ya, vamos.

Como se verá, la tarifa del taxi en Perú es negociable. Es una gran ventaja, ya que sabremos cuánto pagar, y nos ahorramos de molestias. Pero, también está aquella cuestión de que si el taxista no quiere ir hacia donde vamos, nos lo dirá muy cortésmente, y se irá de largo.

En nuestros días, cualquier carro que se ponga un letrero de taxista es un taxi. Aquello hace que muchos delincuentes se disfracen para asaltar incautos. Por ello, se ha ido ejercitando cierta sicología del pasajero que más raya en paranoia. Antes de tomar un taxi, se debe ver si el conductor es joven o mayor, que si tiene algún logotipo de compañía, y demás et céteras.

También existen rangos en el tipo de carro. Si éste es un compacto coreano estilo Tico, por ejemplo, suele ser mucho más barato en comparación a un sedán normal. Asimismo, el peligro de morir es proporcional al precio. Como estos carros no tienen chasis, pues la jugada pudiera salir bastante cara.

¡… y yo no recordaba de nada de ello cuando regresé a Lima!

En mi primera taxeada no supe negociar el precio. Es más, ni siquiera dije ni sí ni no.
-Ya tío, vamos.

Pero, con el tiempo, los animales de costumbre que somos nos vamos amoldando.

Ahí redescubrí, también, que los taxistas de acá son quizá los mejores conversacionalistas que existen en el mundo. Debido al desempleo, hay muchos abogados, físicos-químicos, y demás profesionales que se han dado a la tarea ingrata de taxear. Ellos forman parte de esta fauna limeña tan colorida.

Lo lindo es cuando entramos en una de aquellas conversaciones en que comparamos los paralelos entre la primera y segunda guerra mundial –por ejemplo-, y llegamos a conclusiones recontra eruditas. Tomar un taxi en Lima es la aventura de llenarse el alma de vivencias variopintas. En aquellas conversaciones inenarrables nos conocemos un poco más, definitivamente.

Pagamos el precio acordado, y ganamos más de lo que hemos gastado. Es un negocio razonable.


Lima, Perú
Abril de 2007

Aquella música a la cual siempre volvemos

Alguna vez mencioné casi a modo de confesión que soy muy afecto a la música. Me gustan de todos tipos, y cada una me retrotrae a ciertas etapas de mi vida.

Jamás podré olvidar esas maravillosas baladas en jazz de los Rippingtons. Fueron los últimos años de la década del 90. También recuerdo con alegría aquellas fuertes canciones del alternativo de mi adolescencia. Nirvana, Sound Garden, Pearl Jam (algunos juraban que se escribía pro-jam, no sé por qué), Smashing Pumpkins, Green Day, Toad the Wet Sprocket, entre tantos, hacían de mis salidas una felicidad recontra amarga.

Como escribió el genial Gabo: algo mejor que escuchar música es hablar de música.

Recuerdo que, durante los años antes de irme de Lima, nos juntábamos algunos fieles musicófilos en un barcito para escuchar música variada y comentarla. No sé cómo nos las ingeniábamos para convencer al dueño de prestarnos su consola de CD. No obstante, ahí andábamos. Comentábamos a Pink Floyd. Concordábamos muy acertadamente que Yanni tenía una fijación con Chopin, por más Di Blasio que se pareciera el griego ése. Me decían que los Rippingtons eran una mierda, y los mandaba al Caribe. Muy de tarde, nos despedíamos con John MacLaughlin, tan malditos en lo sublime de una noche en la cual ya pasaron el Gato Barbieri, Ella Fitzgerald, Patato y tantos otros.

Cuando me fui de Lima, me llevé toditos mis CDs más importantes en mi maletín de mano.

Durante mis viajes fui ganando más música, y perdiendo más raíces… hasta regresar convertido en algo así como un tipo variopinto al que le gusta el jazz, escucha tangos, y se baja álbumes enteritos de bossa nova en mp3.

Sin embargo, cuando llegué a Lima, me di con un enorme misterio. Algo debió haber pasado en los seis años que estuve fuera, porque por todos lados me la he pasado escuchando música de los 80s y 90s.

Está bien. Regresé para reencontrarme con la ciudad que dejé. Pasó el tiempo, y los cambios que vi en la urbe fueron lógicos. En cuestión de música, por el contrario, pareciera como si una máquina del tiempo atroz se hubiese malogrado y desparramado tonadas por media ciudad.

Por momentos escucho canciones muy oscuras de Indochina de los 80s; en otros pasan partes alternativas de Pearl Jam, por ejemplo. Así me la paso. En el taxi se oye a Roxette, en el café a Snap, a los Prisioneros en una oficina, a Joan Morrison y a New Order uno detrás del otro. Es decir. En un pan con pescado tipo todo-tiempo-pasado-fue-mejor, nos hacen creer con la música que veinte años no es nada.

Siempre regresamos a aquellas canciones que se nos hicieron entrañables. No obstante, sigo preguntándome qué rayos habrá pasado durante mi ausencia, en que el tiempo pareciera haberse mantenido estancado en casi todas las estaciones de radio de Lima.


Lima, Perú
Abril de 2007

Death by cebiche

Todos los jueves al mediodía me voy a una cebichería en la avenida Rosa Toro. Se ha vuelto una costumbre en mí, y ya me conocen las meseras bastante bien. Saben que me comeré un gran plato de cebiche acompañado de una cerveza.

Durante los años que estuve lejos de Perú, ansiaba el momento en que podría comer de nuevo tan suculentos platillos. En mi particular gusto, los cebiches forman una parte primordial de mi dieta. Quienes me conocen saben acerca de mi proselitismo cebichero. Recuerdo claramente las veces en que hice probar este delicioso platillo por primera vez a tantos amigos.

A falta de productos de mi tierra, la necesidad fue la madre de la inventiva. Por tal razón logré ingeniármelas para hacer un excelente tiradito de salmón bien acompañado de su sauvignon blanc. Escuchar tangos de Piazzolla mientras almorzaba era la metáfora de la felicidad para mí.

No obstante, ahora que estoy de regreso en mi país, qué hermoso es devorarse un increíble cebiche de conchas negras, de pulpa de erizo, de pescado, mixto… Es decir, de todas sus inenarrables variantes. Voy siempre solo, y como buen degustador, saboreo cada bocado lentamente. Lavo todo aquel sabor en el paladar con un sorbo de cerveza helada, y mi felicidad limeña canta los valses criollos que me ponen en el equipo de sonido.

Están ahí todos los ingredientes esenciales: el choclo, el camote, la humedad de Lima, la música, las servilletas mal dobladas, la cebolla, el rocoto, la deliciosa decoración de yuyo (alga marina) y la hermosa nostalgia que es tan sólo el momento actual.

Pero, hay algo que me ha ido pasando con el tiempo. Debido a que perdí la costumbre de comer mariscos frescos y peruanos, a la media hora de haber terminado mi almuerzo siento una presión parecida a la sinusitis, y por momentos me falta el aire. No creo que sea una reacción alérgica… o sí. Jamás tuve esta sensación. Mi única manera de luchar contra ello es seguirme saturando de pescados, mariscos, cerveza y felicidad cada jueves, y ver si en esas no me muero.

El maldito y sublime Nietzche escribió que lo que no me mata, me hace más fuerte. Lo mismo pudo haberlo escrito una cucaracha. Las pocas que sobreviven al veneno, tendrán crías que serán inmnunes a él.

Si sigo comiendo así, estoy casi seguro de que ya no sentiré nada malo.

Por lo pronto, mi felicidad de limeño que quiere recuperar el tiempo perdido se nutre de sabores así; de empanzadas y bebidas de cuando intuimos que no nos quedan muchos meses, y que lo comido, bailado y libado no nos lo quita nadie. Aunque nos mate.


Lima, Perú
Abril de 2007

El comienzo lógico de un blog

Todo empieza con una inquietud.

Nos pica aquel duendecillo interno, aquel que nos dicta que tenemos algo qué contar. Algunos no sabemos a qué atribuirlo, y le llamamos -ingenuamente- inspiración. Para otros, es algo casi obligado escribirlo. Hay quienes se quedan con aquel pequeño desasosiego durante años, hasta que leen un escrito, y dirán: "diablos, es exactamente como lo sentí."

Así es.

Nos nace esa pequeña e inefable ansia de escribir algo, casi como una necesidad. El exiliado, aquel que opta por irse por su propia cuenta (exilado es aquel deportado, expulsado, et cétera) ya de por sí cuenta con una historia que se va escribiendo con el pasar de los días. Es el relato de cada uno que no está en su país.

Yo acabo de regresar al mío. Volví a aquella hermosa y horrible Lima de la cual tanto escribí en mis Crónicas del exilio (Seattle, 2003-2006). Sin embargo, es como si jamás hubiese dejado de viajar. Sigo siendo el viajero, y la Lima que yo dejé ya no es más.

Es un tanto triste pensarlo de esta manera, y por ello he inaugurado este blog. Es el comienzo lógico para alguien que tuvo una columna que tampoco existe. Se la dedico a mis fieles lectores, mis grandes amigos de Perú, de Puerto Rico, de Seattle, de Portland, y de tantos otros lugares del mundo.

Gracias por acompañarme. Ahora, les toca aguantarme un poco más. ¡Salut!


Lima, Perú
Abril de 2007