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Tu voto no es mi voto

Al ser extranjero, es nuestro deber notificar al consulado local dónde es que vivimos mediante un registro consular. De tal manera, se nos puede ubicar siempre para propósitos legales, cívicos, enjuciables y judiciales. Esto incluye, claro está, el registro de votación para las elecciones presidenciales y para el congreso, con su consiguiente potencial de ser nombrado miembro de mesa, presidente, o qué sé rayos.

Las dos veces que voté en Puerto Rico, recuerdo que el proceso electoral fue más una juerga que otra cosa. Ni bien uno salía de emitir el voto secreto, nos esperaban los mismos peruanos en el exilio con sus cajas de latas de cervezas, comidas típicas, y rondas de amigotes dispuestos a empinar el codo bien políticamente. No había escapatoria, y el votante en mí tampoco tenía muchas ganas de huir, que yo recuerde.

Al regresarme a Perú, decidí no cambiar mi dirección legal de Puerto Rico debido a que no sabía adónde me llevarían mis pies. Así se me pasó un año, dos, tres, y hasta cuatro, sin cambiar domicilio. En aquel interim, hubo dos elecciones municipales, para las cuales vote por ninguna. Al estar registrado en el extranjero, no aplica en mí ninguna jurisdicción. Así que me ahorro de colas y de preocupaciones politiqueras.

Verán, como buen apolítico que soy, me importa un rábano quién salga o quién no salga de alcalde de Lima, Miraflores, Huaycan, o Ccarahuaccyapoma. El mundo fue y será una porquería, como dice el famoso tango. La misma opinión tengo respecto a la política. Siempre habrán entresijos, intrigas y malabares, vote por quién se vote.

Por eso, aunque sea escarnecido por cierto grupo de personas quienes se toman el proceso electoral y cívico tan en serio, yo me abstengo de votar.

Me ahorraré una linda fila, dormiré hasta tarde, y el hígado lo guardaré para la borrachera que me toque ese día, por más ley seca que haya. Transgresor o no, me mantengo fiel a mis convicciones políticas, y que viva la Perestroika.
Lima, Perú
Setiembre de 2010

La ciudad donde no fui feliz

Llegué a Jacksonville a mediados del año 2003. Mi único equipaje eran cuatro mudas de ropa en un maletín, trescientos dólares, y el número telefónico de mi primo. Eso era todo. El mío era un viaje estrictamente de avanzadilla inmigratoria, ya que la vida en Puerto Rico se nos estaba haciendo insostenible para mi esposa, mi hijo y yo. La crisis que nos trajo la reciente guerra en Irak, un fallido negocio mío, y las malas condiciones en los salarios hicieron que tomáramos tal dramática decisión.

Yo me adelanté primero, para apuntalar nuestra economía en cualquier trabajo bien remunerado que consiguiera. Luego me seguirían mi hijo y mi esposa. Ése era el plan.

Mi primo me alojó durante unas dos semanas en su apartamento, y en ese tiempo logré conseguir un trabajo de teleoperador telefónico en Citi. El ambiente laboral y el sueldo eran fenomenales, sin contar los beneficios, y la dotación ilimitada de café. Eran una receta para comenzar de nuevo una vida; esta vez de una manera mucho más eficiente.

A los dos meses llegaron Sandra y Manolín, y la vida se nos hizo de deudas, trabajo y más trabajo, y el buscar amoldarse a una cultura que no era la nuestra. Durante ese tiempo me la pasaba (d)escribiendo mi vida de extranjero en mis Crónicas del Exilio, que me servían como un consuelo a una carrera literaria que estaba dejando en un hiato. También escribí poemas, y junté manuscritos; pero el meollo del asunto era sobrevivir, y eso lo hacíamos como mejor pudimos.

A Sandra nunca terminó de sentarle bien la vida en los Estados Unidos. Mi hijo vivía descubriendo el mundo. Yo regresaba todos los días cansado y agobiado por recibir quejas y quejas de clientes iracundos en inglés y en español.

Aquella cultura de vivir para trabajar y trabajar para vivir hicieron tanta mella en nuestras vidas, que al año mi esposa y yo nos separamos, ella se regresó a Puerto Rico, y yo me quedé viviendo solo, en un apartamento hermosísimo y lleno de soledad. Por esos meses logré publicar dos libros de milagro, pero me sentía cansado de toda esa vida, y nunca supe por qué; hasta que viajé a Argentina y Uruguay.

Cuando regresé de ese bellísimo viaje de tres semanas, me di cuenta que realmente odiaba Jacksonville. Ni siquiera el haber descubierto el cigar bar de nombre Aromas me servía ya de consuelo. Bebía cervezas y fumaba habanos en conversaciones feroces y alegres entre estudiantes de leyes, pero no era feliz. Compraba y compraba vinos y libros, pero no era feliz. Publicaba artículos y empecé un contrato con una de mis obras, pero no era feliz.

Entonces, en 2005 decidí regresarme a Puerto Rico. Junté mis ahorros, rematé mis posesiones, empaqué lo poco que podía cargar, y me largué de ahí en una noche, conduciendo las seis horas hasta Fort Lauderdale, donde tomaría mi avión hacia San Juan.

Lo que pude concluir de mi aventura americana fue que aunque la felicidad atrae el dinero, el dinero no hace la felicidad. Me fui tan solo como cuando arribé. Aprendí mucho, gané un montón, y siempre sentiré que perdí mucho más. Aunque mi regreso a la isla me trajo un gran alivio, éste venía cargado del fantasma de una ciudad a la cual jamás llegué a entender por completo.

Lima, Perú
Agosto de 2010