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No me esperen en Starbucks (2)

Hay ocasiones en que nos es difícil mantenernos consistentes con ciertos ideales y/o convicciones. En lo particular, alguna vez comenté que no me gustaba mucho ir a Starbucks por el mero hecho de que no existen meseros, que había que pedir en un mostrador mismo fast-food, y que las mezclas de bebidas a base de café son de una pretensión gourmet tan sólo demolidas por ser servidas en absurdos vasos de papel.

Asímismo, hace varios años atrás escribí en mis crónicas que uno tan sólo podría decir que ha conquistado una ciudad si es que se ha conseguido un bar adónde recalar, y una peluquería para volver siempre todos los meses.

En mi búsqueda incansable por Lima, hallé un bar fabuloso cerca de casa. Se llama Almendáriz, y es una cava, licorería, y bar gourmet. Los tragos son carísimos, y no tienen wireless. No obstante, algo le faltaba, y nunca pude echarle el diente.

Mientras tanto, me pongo a pensar acerca de éstos y otros misterios mientras trabajo en mi laptop, con mi botella de agua de soda con hielo en un Starbucks. Casi todos los días voy de tarde para sentarme en los sillones que dan ambiente de sala, ignoro los cafés y me refresco las horas de trabajo y redacción con mucho hielo y agua con gas.

Fue en uno de esos días que me di cuenta que en mi exilio sin extranjería había logrado adquirirme un "bar" al ser un cliente regular de Starbucks.

Debo admitir, no obstante, que aunque en tal lugar no sirvan bebidas alcohólicas, me gusta echarle su chorrito de whisky al hielo de mi agua, y así mi tarde la paso alegre hasta que se hace de noche. Para los demás clientes regularones, es probable que esté tomando algún tipo de iced tea. Todos somos felices, y el jazz de música de fondo me da la razón cuando me arrellano, comodísimo, en la imitación de sala que el mobiliario nos provee.

Las chicas baristas ya me conocen y me he vuelto conocido entre varios clientes asiduos. Puedo no quejarme.

Lo interesante del asunto, sin embargo, radica en que esta cadena de franquicias dedicada al café tiene la misma personalidad/decoración/imagen por donde se vaya. El milagro del Wi-Fi es un gran atractivo para mí, peatón cibernético y literario. Por ello me gusta caminar por la ciudad y recalar en cualquiera de estos clones de living room cuando quiero hacer como que trabajo en mis artículos.

Pero siempre regreso al Starbucks de cerca a mi despacho, donde sé que me hice de un rinconcito de bar entre tanta belleza prefabricada y aséptica. Al fin y al cabo, sirve para el mismo propósito que alguna vez tuvo el Transylvania en mi vida, allá en mis años de Puerto Rico. Nunca dejo de ser extravagantemente primitivo en mis gustos.
Lima, Perú
Agosto de 2010

No me esperen en Starbucks

Me gusta tomar café en taza, no en esos absurdos vasitos de cartón o de espuma sintética. Cualquier bebida caliente la bebo sin prisa, sentado, y en taza. Es la única manera en que puedo disfrutar de todos aquellos elementos que hacen de una tarde/noche memorable: una excelente bebida, una inolvidable compañía, la delicia del tabaco, y una conversación de aquellas que se prolongarán hacia las copas en algún barcete, o en un caminar nocturno lleno de sonrisas.

Esa fue la excusa para encontrar a Maju. Hallarla a ella fue sencillo. Nos citamos en un Starbucks, donde todos beben en vasos de cartón, y los empleados me odian por mi empecinamiento de hacerles buscar tazas de loza. Yo los detesto porque se pide en el mostrador, y no en la mesa. En fin, es la quintaesencia de la gringada que hacernos un fast-food del café.

Ahí soy el primer disidente al pedirme siempre una taza de té de menta. Todos beben sus combinaciones extrañas y aberrantes de cafés con crema con las cuales jamás comulgué. La única vez que pedí un espresso, me lo sirvieron en una pésima tacita y un vasote gigantesco con agua (que expresamente pedí). El café –para mí- es negro, cargado y sin azúcar. Nada de cremas, nada de nada. Es la esencia misma de la felicidad tostada. Pero no, en Starbucks pido mi taza de té, y que se pudra el mundo.

Y así me odian –bien sonrientes-, en todos los locales a los cuales he ido en mis pocos viajes.

Pero Maju no me odia. Espera sonriente a que le lleve su té de moras junto al mío de menta. Le cargo toneladas de azúcar al suyo, y mi té queda sin endulzar, fiel a la esencia de la infusión.

Maju no me odia, y me recibe con una silla junto a la mía. Disfrutamos así de nuestras excusas de fumar cigarrillos y amar la noche que se vuelve en horas y horas. Son tantas que se convirtieron en días. Aquellos encuentros en la Lima que transitamos como peatones se han tornado en la manera perfecta de hacernos un rendez-vous bien conversado.

Aunque, todo empieza por algún lado. Cuando nos citamos la primera vez, al segundo sorbo de té me dijo que adoraba releer No me esperen en abril, aquella bellísima novela de nostalgia del gran Bryce. Llevé mi laptop en uno de esos primeros días, y le hice escuchar Pretend de Nat King Cole. Esa fue la canción de los enamorados del libro: Manongo y Tere.

Para ellos, fue el himno de su relación. Nosotros los evocamos siempre, cada vez que la bailamos por parques y plazas, tan de memoria…

Pretend you’re happy when you’re blue –entonces-, es casi nuestro soundtrack de cuando giramos y giramos muertos de sonrisas por las calles de Surco.

Me hace recordar tanto a la celebración a la adolescencia que Zoé Valdés hiciera en su Café nostalgia, tan parecida en espíritu a la mentada obra de Alfredo Bryce Echenique.

Siempre me ha parecido que los escritores quedamos atrapados de alguna manera en juventudes las cuales queremos explotar en libros bien vividos y recordados. ¿Será una manera de exorcizar una época? ¿Sería un himno a un todo tiempo pasado fue mejor?

Quedamos invariablemente con esa deliciosamente triste duda. Mientras tanto Maju seguirá saliendo del diario en que trabaja para irme a ver, y yo la esperaré entre tazas de té y un Pretend que nos revelará una noche más de tiempo sin tiempo.


Lima, Perú
Mayo de 2007