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De Quinua a Wari

Estaba harto de la ciudad, harto del bullicio; harto de todo. Por eso acepté esa invitación a irme un rato a Ayacucho. La idea fue desconectarme de Lima.

Pero lo primero que hice al llegar a Huamanga fue buscar una conexión de Internet para estar bien enterado de los ires y venires de mi equipo de redactores, de mis cuentas bancarias, de mis editores, y demás mundanidades. Así me la pasé el primer día, apremiándome a mí mismo en el trauma de no ser lo suficientemente eficiente.

A la mañana siguiente, no obstante, me dije a mí mismo que todo debía irse al cuerno.

Tomé mi mochila, y me fui al mercado. Compré pan, queso, tomates, y agua. Luego llegué a la parada de transportes, y tomé un carro hasta la localidad de Quinua, a casi cuarenta minutos de Ayacucho.

El trayecto fue tranquilo. Me la pasé mirando el paisaje como si fuese una pintura extraña; un escenario de otro mundo. Bueno, sí era otro mundo en ese momento. Yo era un limeño, un hombre de la ciudad, un ser urbanizado. Al llegar a Quinua, mis primeros pasos fueron de camino de regreso.

Porque mi idea original había sido ésa: regresar caminando, cruzando los campos, a la manera antigua.

Como todo sedentario, los primeros veinte minutos fueron una pesadilla. Felizmente el camino fue de bajada, y así se hizo la vida más fácil. Pero caminar, caminar, caminar, caminar... eso no estaba previsto en mi organismo. Así me lo hicieron saber mis piernas cuando avancé mis kilómetros iniciáticos.

Seguí el camino de la carretera por momentos, y en otros corté camino a las curvas adentrándome en plantaciones de quinua y papa; en pastizales donde mugían reses soñolientas; en roquedales cubiertos de musgo. Caminé y caminé durante las primeras dos horas, con la conciencia de ser sólo yo y la tierra.

Ahí fue que volví a ser el viajero, el errante. Fue en ese momento en el que reviví un poco aquella naturaleza tan mía de nómade y de errabundo. Renació el exilio en mí, pero de una manera distinta. Ya no era un expatriado. Era un explorador sin domicilio fijo, quien vuelve a la tierra, y quien la reconoce como suya.

Porque la tierra es nuestra no por reclamarla en un pedazo; sino cuando se la recorre inclementemente como hormiga, respirándola al andar. Por eso a veces considero que no tengo una nacionalidad fija. He caminado por tantos lugares, que jamás podré decir que he reclamado un territorio.

Entonces, me dio hambre.

Busqué una colina y me senté a la sombra de un árbol. Abrí la mochila, saqué el queso, el pan, los tomates, y me puse a comer tranquilamente, acariciado por la brisa de la montaña. El apremio de la ciudad parecía tan lejano en esos instantes. Ése fue un lugar abandonado del tiempo, donde los relojes no existían. Con cada bocado, y cada sorbo de agua, la vida se me iba alargando un poquito más.

Al terminar la comida, me eché a fumar un cigarrillo y mirar el cielo. Es fascinante cuando nos desembarazamos de esa obsesión con el tiempo, y nos quedamos viendo las nubes pasar. Para los que vivimos apurados, las nubes siempre están estáticas en el cielo. Pero, cuando nos deshacemos de la premura, el mundo se manifiesta en un movimiento tan fluido, tan pausado, tan majestuoso, que es imposible no maravillarse ante lo banales de nuestros esfuerzos cotidianos.

¿Qué hago en una oficina? ¿A quién busco? ¿Qué es lo que persigo? ¿Es real lo que pugno en mi diario vivir?

Dormité apenas veinte minutos, y de ahí volví a la carretera. Caminé dos horas más, bajo un sol que iba atardeciendo y enfriando la brisa. Justo coincidió con mi llegada a Wari. Ahí tomé un carro hacia Huamanga; una camioneta cargada de gentes de la zona, animales, productos agrícolas; rostros dorados por el sol y enrojecidos por el frío; la vida misma de los Andes ante mí.

Cuando volví a Huamanga ya era de noche. Llegué al bar del hotel, sucio, transpirado, y en paz. Pedí una cerveza, y me la dieron heladísima. La bebí con agradecimiento, y con un inusitado sentimiento de calma; saboreando cada sorbo helado y burbujeante como si fuese la vida misma.

Luego del duchazo y el cambio de ropa en la habitación del hotel, caí en cama con un dolor muscular atroz. No avancé nada de mi trabajo ese día. Tampoco me importaba ya si conseguía o no una conexión de Internet.

Mis músculos cansados me recordaron que había recobrado mi esencia en algo; y ese peso fue lo que me dio uno de los sueños más descansados que pude haber tenido en años.

Lima, Perú
Diciembre de 2010

Tan de Miraflores

Cuando vamos llevando nuestro exilio a cuestas por el mundo, nos es inevitable atribuirnos alguna Ítaca a la cual volver. Durante mis años de Puerto Rico y EE.UU., idealicé poéticamente el Miraflores que yo tanto recordaba de mis paseos a finales de los años noventa.

En esas época estudiaba en el Club de Teatro de Lima, en la primera cuadra de 28 de Julio, casi en la esquina con la calle Porta. Fue durante esos tiempos que mis lecturas de Hemingway me hicieron buscarme cafés parisinos imposibles para emular al gran narrador norteamericano. De tal modo, me iba bien a lo generation perdue a escribir poemas en mesas de vereda, mientras descubría las delicias del café negro bien cargado y sin azúcar, por favor.

Empecé a afincionarme a sentarme en las tardes antes de mis clases, y mirar a la gente pasar mientras armaba mis primeros versos en servilletas, facturas, o cualquier papelito que pudiera llevar conmigo. Hasta ese entonces no era muy afecto a las libretas. Siempre las extraviaba por ahí y por allá en juergas con amigos, o en el descuido del escritorio.

Luego, terminadas las sesiones teatrales, caminaba varias cuadras por esa ciudad que empezaba su ritmo nocturno. Era aficionado a observar cómo se transformaba la urbe de día de trabajo a noche de bohemia incipiente. A veces, caía en algún bar a tomarme un trago bien a lo Hemingway, nuevamente, y seguir escribiendo.

Era una soledad literaria en la que debutaba como observador del mundo en mis años adolescentes.

Esta costumbre se me quedó una vez me fui de Perú. En Puerto Rico quise hacer de las mismas, y me costó mucho trabajo y desengaño darme cuenta que el ritmo de esa isla caribeña era muy distinto. Probé cientos de cafetines, restaurantes, terrazas de mar, et cétera; pero jamás pude hallarme en esa esencia de pasajero pretenciosamente parisino.

En Jacksonville fue peor, ya que en esa ciudad era imposible ser peatón. Justamente lo hermoso de un café de vereda es poderse sentar en el anonimate de ver a la gente caminar en su nochalance de día de otoño, por ejemplo.

Al no tener este escenario, la nostalgia me hizo idealizar aquella Ítaca que encarné en Miraflores, sus calles, sus pequeños negocios, sus vericuetos, tantos recuerdos.

Cuando llegué a Montevideo, vi que esa ciudad oriental era demasiado parecida al Miraflores que yo mismo me había inventado. Así fue que me enamoré de aquella urbe tan pequeña, donde compuse pocos poemas en mis escasos tiempos libres de viajero.

Amé Montevideo como quien reconoce la esencia de aquello que nos enclaustra en sueños. Ahí se me convirtió en aquel rincón del mundo donde siempre quisiera regresar, como lo fue Miraflores. Se me confundieron ambas ciudades como si fueran barajadas en ese colectivo afectivo que llevo dentro.

A finales de 2006 regresé a Lima, y uno de mis primeros periplos fue a recorrer aquellas calles miraflorinas que tanto quise encarnar en la nostalgia aperogrullada de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pero las Ítacas cambian, me dijo un gran amigo.

Y es cierto. Jamás pude volver al Miraflores que yo recuerdo, porque éste murió en el momento en que me fui de Lima, allá en 2001. Me di con la amarga noción de que aún vivía en una especie de exilio, en el cual ahora el tiempo tomó el lugar de la distancia.

Ya Miraflores no es la misma que fue hace ya más de diez años atrás. Lo que me consuela, sin embargo, es haberla podido conservar en instantáneas versificadas en poemarios bien sentidos. Mantengo aún las sensaciones frescas de mis paseos vespertinos, cuando el otoño era tan sólo una excusa para sentarse a disfrutar de las últimas fiestas del sol en el poniente, y calentar la noche con un café negro, bien cargado, y sin azúcar.

Pero aún me queda Montevideo, aquella ciudad tan de Miraflores, a la cual me debo regresar, como quien vuelve a esas Ítacas que nunca queremos que cambien.
Lima, Perú
Agosto de 2010