Tu voto no es mi voto

Al ser extranjero, es nuestro deber notificar al consulado local dónde es que vivimos mediante un registro consular. De tal manera, se nos puede ubicar siempre para propósitos legales, cívicos, enjuciables y judiciales. Esto incluye, claro está, el registro de votación para las elecciones presidenciales y para el congreso, con su consiguiente potencial de ser nombrado miembro de mesa, presidente, o qué sé rayos.

Las dos veces que voté en Puerto Rico, recuerdo que el proceso electoral fue más una juerga que otra cosa. Ni bien uno salía de emitir el voto secreto, nos esperaban los mismos peruanos en el exilio con sus cajas de latas de cervezas, comidas típicas, y rondas de amigotes dispuestos a empinar el codo bien políticamente. No había escapatoria, y el votante en mí tampoco tenía muchas ganas de huir, que yo recuerde.

Al regresarme a Perú, decidí no cambiar mi dirección legal de Puerto Rico debido a que no sabía adónde me llevarían mis pies. Así se me pasó un año, dos, tres, y hasta cuatro, sin cambiar domicilio. En aquel interim, hubo dos elecciones municipales, para las cuales vote por ninguna. Al estar registrado en el extranjero, no aplica en mí ninguna jurisdicción. Así que me ahorro de colas y de preocupaciones politiqueras.

Verán, como buen apolítico que soy, me importa un rábano quién salga o quién no salga de alcalde de Lima, Miraflores, Huaycan, o Ccarahuaccyapoma. El mundo fue y será una porquería, como dice el famoso tango. La misma opinión tengo respecto a la política. Siempre habrán entresijos, intrigas y malabares, vote por quién se vote.

Por eso, aunque sea escarnecido por cierto grupo de personas quienes se toman el proceso electoral y cívico tan en serio, yo me abstengo de votar.

Me ahorraré una linda fila, dormiré hasta tarde, y el hígado lo guardaré para la borrachera que me toque ese día, por más ley seca que haya. Transgresor o no, me mantengo fiel a mis convicciones políticas, y que viva la Perestroika.
Lima, Perú
Setiembre de 2010

Comer al paso

Como buen peatón, me gusta descubrir lugarcitos dónde comer merienditas baratas y portátiles. Cada país tiene su variación de las comidas al paso, y en Perú el comer en la calle es toda una institución nacional. Éstas están muy lejos de la pretensión culinaria gourmet. Sencillamente, son alimentos para llenar la panza de la manera más barata y pintoresca posible.

Recuerdo que una vez tuve que levantarme tempranísimo para no sé qué papeleos, y me topé con una carretilla llenecita de sandwiches a un sol. Eran panes con huevo frito, tortilla de huevo, palta (aguacate), (dizque) lomito, y otras variantes. Por un sol más, se podía tomar un café aguadísimo, o un té. En esa ocasión desayuné muy feliz con cinco soles, a lo que equivaldría más o menos un dólar américano con ochenta centavos. Nadita mal, me dije.

Los que abundan en las esquinas de los barrios populares, son los quioscos que venden emolientes, batidos calientes de maca, y otras hierbas que jamás me atreví a probar. Debo admitir -pesarosamente-, que me siento intimidado y apocado el ver a las quiosqueras hacer malabares con los chorros largos, altos y humeantes para enfriar el desayuno líquido de las masas trabajadoras.

También hay jugueros que exprimen naranjas fresquísimas por cincuenta céntimos, y un sol. Existen los que venden huevos de codorniz, los que ofrecen choclo (maíz) con queso, papa con queso, yuca con queso, huevos duros con queso, o queso solo.

Ahí sí me apunto para llenar mi mochila de comida vegetariana, e irme de pícnic urbano, y bien peatón.

Asímismo, están los almuerzos carretilleros, y al paso, además. De ésos, están los infames siete colores, que es un plato con siete comidas distintas (tallarín verde, papa la huancaína, chanfainita, arroz, cebiche, cau-cau, frijoles, o cualquier otra sarabanda), agregando el peruanísimo huevo frito montado. Pariente de ese plato es el popular aeropuerto.

Cuando pregunté acerca de tan pintoresco nombre, me enteraron de que todo aterriza en el plato, pe' manito... Y sí. El plato es la pista de aterrizaje de todo lo que se ofrece en la carretilla. El comensal acaba con un cerro de comida, y una indigestión, además.

Algunas personas me llamarán terco cuando digo que soy fiel al cebiche; y mucha gente estará de acuerdo conmigo en que hay cebiches que mejor se comen -y con mayor gusto-, si son de carretilla. No será de cinco tenedores la cosa, pero con tal de que mis cubiertos estén bien lavados, me someto a placeres gastronómicos que pueden ser hasta de ultratumba.

Lima, Perú
Setiembre de 2010

Tan de Miraflores

Cuando vamos llevando nuestro exilio a cuestas por el mundo, nos es inevitable atribuirnos alguna Ítaca a la cual volver. Durante mis años de Puerto Rico y EE.UU., idealicé poéticamente el Miraflores que yo tanto recordaba de mis paseos a finales de los años noventa.

En esas época estudiaba en el Club de Teatro de Lima, en la primera cuadra de 28 de Julio, casi en la esquina con la calle Porta. Fue durante esos tiempos que mis lecturas de Hemingway me hicieron buscarme cafés parisinos imposibles para emular al gran narrador norteamericano. De tal modo, me iba bien a lo generation perdue a escribir poemas en mesas de vereda, mientras descubría las delicias del café negro bien cargado y sin azúcar, por favor.

Empecé a afincionarme a sentarme en las tardes antes de mis clases, y mirar a la gente pasar mientras armaba mis primeros versos en servilletas, facturas, o cualquier papelito que pudiera llevar conmigo. Hasta ese entonces no era muy afecto a las libretas. Siempre las extraviaba por ahí y por allá en juergas con amigos, o en el descuido del escritorio.

Luego, terminadas las sesiones teatrales, caminaba varias cuadras por esa ciudad que empezaba su ritmo nocturno. Era aficionado a observar cómo se transformaba la urbe de día de trabajo a noche de bohemia incipiente. A veces, caía en algún bar a tomarme un trago bien a lo Hemingway, nuevamente, y seguir escribiendo.

Era una soledad literaria en la que debutaba como observador del mundo en mis años adolescentes.

Esta costumbre se me quedó una vez me fui de Perú. En Puerto Rico quise hacer de las mismas, y me costó mucho trabajo y desengaño darme cuenta que el ritmo de esa isla caribeña era muy distinto. Probé cientos de cafetines, restaurantes, terrazas de mar, et cétera; pero jamás pude hallarme en esa esencia de pasajero pretenciosamente parisino.

En Jacksonville fue peor, ya que en esa ciudad era imposible ser peatón. Justamente lo hermoso de un café de vereda es poderse sentar en el anonimate de ver a la gente caminar en su nochalance de día de otoño, por ejemplo.

Al no tener este escenario, la nostalgia me hizo idealizar aquella Ítaca que encarné en Miraflores, sus calles, sus pequeños negocios, sus vericuetos, tantos recuerdos.

Cuando llegué a Montevideo, vi que esa ciudad oriental era demasiado parecida al Miraflores que yo mismo me había inventado. Así fue que me enamoré de aquella urbe tan pequeña, donde compuse pocos poemas en mis escasos tiempos libres de viajero.

Amé Montevideo como quien reconoce la esencia de aquello que nos enclaustra en sueños. Ahí se me convirtió en aquel rincón del mundo donde siempre quisiera regresar, como lo fue Miraflores. Se me confundieron ambas ciudades como si fueran barajadas en ese colectivo afectivo que llevo dentro.

A finales de 2006 regresé a Lima, y uno de mis primeros periplos fue a recorrer aquellas calles miraflorinas que tanto quise encarnar en la nostalgia aperogrullada de que todo tiempo pasado fue mejor.

Pero las Ítacas cambian, me dijo un gran amigo.

Y es cierto. Jamás pude volver al Miraflores que yo recuerdo, porque éste murió en el momento en que me fui de Lima, allá en 2001. Me di con la amarga noción de que aún vivía en una especie de exilio, en el cual ahora el tiempo tomó el lugar de la distancia.

Ya Miraflores no es la misma que fue hace ya más de diez años atrás. Lo que me consuela, sin embargo, es haberla podido conservar en instantáneas versificadas en poemarios bien sentidos. Mantengo aún las sensaciones frescas de mis paseos vespertinos, cuando el otoño era tan sólo una excusa para sentarse a disfrutar de las últimas fiestas del sol en el poniente, y calentar la noche con un café negro, bien cargado, y sin azúcar.

Pero aún me queda Montevideo, aquella ciudad tan de Miraflores, a la cual me debo regresar, como quien vuelve a esas Ítacas que nunca queremos que cambien.
Lima, Perú
Agosto de 2010