La puntualidad en los tiempos que corren

Hace un poco más de diez años atrás que leí un artículo donde un economista peruano (cuyo nombre se me escapa), escribió acerca de la (im)puntualidad. Perú no es el único país que se caracteriza por su hora; también existen la hora argentina, la hora puertorriqueña, la hora dominicana, y demás et céteras. Podemos resumir que un latinoamericano promedio nos cita para encontrarnos a las seis de la tarde, y ellos recién llegarán a las siete y pico de la noche. No tiene pierde, y es un asunto de lo más aceptado; mucho mejor que una American Express.

La explicación que dio el columnista fue la siguiente: los países del norte tuvieron una revolución industrial, lo cual hizo que la economía y la sociedad en sí giraran en torno a la fábrica. Por ende, la cultura del reloj se estableció hasta en las escuelas, que son émulos de pequeñas industrias. Suena el timbre, y todos entran. Suena el timbre, y todos salen. Igualito que en una fábrica, ni más ni menos.

Pero en Latinoamérica no hubo revolución industrial. La economía era latifundista y minera, y los horarios se regían por la posición del sol. El reloj tan sólo fue una curiosidad que ostentaban los patrones en su casa de hacienda, o los ciudadanos más pudientes. Es por ello que culturalmente -explicó el economista anónimo por culpa de mi mala memoria-, los sudamericanos no le tenemos tanto respeto al reloj.

Durante el tiempo que viví en EE.UU., me acostumbré a la puntualidad funcional, pragmática y eficiente. Todo era a su hora, y si no llegas, te cierran la puerta, y para otro día será; caballero. Debo admitir que aunque fue un golpe duro acostumbrarme, me gustó luego que todo funcionara con exactitud de reloj suizo. Digo, en algunos casos mejores que en otros, ya que habiendo puntualidad en los procesos, esto no garantiza que se eliminen los errores humanos. La burocracia siempre será la misma, eso aprendí también.

Aunque es mejor el error humano a sus horas, que nunca saber a qué hora vendrá el responsable de turno.

Con ese afán de llegar a tiempo, empiezan los pequeños síntomas de ansiedad a apilarse sobre los hombros, y de ahí a alojarse en migrañas pegajosas. El mero hecho de mirar el reloj ya agregaba minutos a la joroba del cuello. Diez minutos de tolerancia, como máximo, en algunos lugares, y el tráfico más embotellado era capaz de volvernos alcohólicos al final del día, cuando abríamos la primera cerveza para bajar el stress acumulado de la semana.

Dos años anduve en ese trajín de vivir correctamente cuadriculado en mi schedule, y pobre de mí si me pasaba de los diez minutos de gracia. Las reprimendas no eran graciosas, y siempre estaba el jefe para reportarnos a HR con todas las de la ley. No hay impuntualidad que valga.

Volver -entonces-, a Latinoamérica trajo un mayor estrés a mi vida. Cuando me invitaban a un evento, yo tenía la mala costumbre de llegar siempre a la hora exacta. Terminaba barriendo y ayudando a colgar los adornos porque recién los primeros invitados aparecían dos horas después de la hora oficial. Lo mismo me ocurrió con las citas, los encuentros, las reuniones de negocios, y un largo et cétera más.

Han pasado ya varios años, y aún no me acostumbro a la impuntualidad. No obstante, he asumido una actitud más relajada al respecto con el pasar del tiempo. Ya no me estresa la idea de llegar tarde a un lugar si es que el tráfico nos embotella los minutos. Sé que con una buena disculpa y una cara de compungido habré parchado el problema por mientras. Lo demás, es cuestión de empezar la reunión, mostrar algún atisbo de profesionalismo, y hacer en Roma lo que hacen los romanos. Ni modo.

Lima, Perú
Octubre de 2010

Tu voto no es mi voto

Al ser extranjero, es nuestro deber notificar al consulado local dónde es que vivimos mediante un registro consular. De tal manera, se nos puede ubicar siempre para propósitos legales, cívicos, enjuciables y judiciales. Esto incluye, claro está, el registro de votación para las elecciones presidenciales y para el congreso, con su consiguiente potencial de ser nombrado miembro de mesa, presidente, o qué sé rayos.

Las dos veces que voté en Puerto Rico, recuerdo que el proceso electoral fue más una juerga que otra cosa. Ni bien uno salía de emitir el voto secreto, nos esperaban los mismos peruanos en el exilio con sus cajas de latas de cervezas, comidas típicas, y rondas de amigotes dispuestos a empinar el codo bien políticamente. No había escapatoria, y el votante en mí tampoco tenía muchas ganas de huir, que yo recuerde.

Al regresarme a Perú, decidí no cambiar mi dirección legal de Puerto Rico debido a que no sabía adónde me llevarían mis pies. Así se me pasó un año, dos, tres, y hasta cuatro, sin cambiar domicilio. En aquel interim, hubo dos elecciones municipales, para las cuales vote por ninguna. Al estar registrado en el extranjero, no aplica en mí ninguna jurisdicción. Así que me ahorro de colas y de preocupaciones politiqueras.

Verán, como buen apolítico que soy, me importa un rábano quién salga o quién no salga de alcalde de Lima, Miraflores, Huaycan, o Ccarahuaccyapoma. El mundo fue y será una porquería, como dice el famoso tango. La misma opinión tengo respecto a la política. Siempre habrán entresijos, intrigas y malabares, vote por quién se vote.

Por eso, aunque sea escarnecido por cierto grupo de personas quienes se toman el proceso electoral y cívico tan en serio, yo me abstengo de votar.

Me ahorraré una linda fila, dormiré hasta tarde, y el hígado lo guardaré para la borrachera que me toque ese día, por más ley seca que haya. Transgresor o no, me mantengo fiel a mis convicciones políticas, y que viva la Perestroika.
Lima, Perú
Setiembre de 2010

Comer al paso

Como buen peatón, me gusta descubrir lugarcitos dónde comer merienditas baratas y portátiles. Cada país tiene su variación de las comidas al paso, y en Perú el comer en la calle es toda una institución nacional. Éstas están muy lejos de la pretensión culinaria gourmet. Sencillamente, son alimentos para llenar la panza de la manera más barata y pintoresca posible.

Recuerdo que una vez tuve que levantarme tempranísimo para no sé qué papeleos, y me topé con una carretilla llenecita de sandwiches a un sol. Eran panes con huevo frito, tortilla de huevo, palta (aguacate), (dizque) lomito, y otras variantes. Por un sol más, se podía tomar un café aguadísimo, o un té. En esa ocasión desayuné muy feliz con cinco soles, a lo que equivaldría más o menos un dólar américano con ochenta centavos. Nadita mal, me dije.

Los que abundan en las esquinas de los barrios populares, son los quioscos que venden emolientes, batidos calientes de maca, y otras hierbas que jamás me atreví a probar. Debo admitir -pesarosamente-, que me siento intimidado y apocado el ver a las quiosqueras hacer malabares con los chorros largos, altos y humeantes para enfriar el desayuno líquido de las masas trabajadoras.

También hay jugueros que exprimen naranjas fresquísimas por cincuenta céntimos, y un sol. Existen los que venden huevos de codorniz, los que ofrecen choclo (maíz) con queso, papa con queso, yuca con queso, huevos duros con queso, o queso solo.

Ahí sí me apunto para llenar mi mochila de comida vegetariana, e irme de pícnic urbano, y bien peatón.

Asímismo, están los almuerzos carretilleros, y al paso, además. De ésos, están los infames siete colores, que es un plato con siete comidas distintas (tallarín verde, papa la huancaína, chanfainita, arroz, cebiche, cau-cau, frijoles, o cualquier otra sarabanda), agregando el peruanísimo huevo frito montado. Pariente de ese plato es el popular aeropuerto.

Cuando pregunté acerca de tan pintoresco nombre, me enteraron de que todo aterriza en el plato, pe' manito... Y sí. El plato es la pista de aterrizaje de todo lo que se ofrece en la carretilla. El comensal acaba con un cerro de comida, y una indigestión, además.

Algunas personas me llamarán terco cuando digo que soy fiel al cebiche; y mucha gente estará de acuerdo conmigo en que hay cebiches que mejor se comen -y con mayor gusto-, si son de carretilla. No será de cinco tenedores la cosa, pero con tal de que mis cubiertos estén bien lavados, me someto a placeres gastronómicos que pueden ser hasta de ultratumba.

Lima, Perú
Setiembre de 2010