No me esperen en Starbucks

Me gusta tomar café en taza, no en esos absurdos vasitos de cartón o de espuma sintética. Cualquier bebida caliente la bebo sin prisa, sentado, y en taza. Es la única manera en que puedo disfrutar de todos aquellos elementos que hacen de una tarde/noche memorable: una excelente bebida, una inolvidable compañía, la delicia del tabaco, y una conversación de aquellas que se prolongarán hacia las copas en algún barcete, o en un caminar nocturno lleno de sonrisas.

Esa fue la excusa para encontrar a Maju. Hallarla a ella fue sencillo. Nos citamos en un Starbucks, donde todos beben en vasos de cartón, y los empleados me odian por mi empecinamiento de hacerles buscar tazas de loza. Yo los detesto porque se pide en el mostrador, y no en la mesa. En fin, es la quintaesencia de la gringada que hacernos un fast-food del café.

Ahí soy el primer disidente al pedirme siempre una taza de té de menta. Todos beben sus combinaciones extrañas y aberrantes de cafés con crema con las cuales jamás comulgué. La única vez que pedí un espresso, me lo sirvieron en una pésima tacita y un vasote gigantesco con agua (que expresamente pedí). El café –para mí- es negro, cargado y sin azúcar. Nada de cremas, nada de nada. Es la esencia misma de la felicidad tostada. Pero no, en Starbucks pido mi taza de té, y que se pudra el mundo.

Y así me odian –bien sonrientes-, en todos los locales a los cuales he ido en mis pocos viajes.

Pero Maju no me odia. Espera sonriente a que le lleve su té de moras junto al mío de menta. Le cargo toneladas de azúcar al suyo, y mi té queda sin endulzar, fiel a la esencia de la infusión.

Maju no me odia, y me recibe con una silla junto a la mía. Disfrutamos así de nuestras excusas de fumar cigarrillos y amar la noche que se vuelve en horas y horas. Son tantas que se convirtieron en días. Aquellos encuentros en la Lima que transitamos como peatones se han tornado en la manera perfecta de hacernos un rendez-vous bien conversado.

Aunque, todo empieza por algún lado. Cuando nos citamos la primera vez, al segundo sorbo de té me dijo que adoraba releer No me esperen en abril, aquella bellísima novela de nostalgia del gran Bryce. Llevé mi laptop en uno de esos primeros días, y le hice escuchar Pretend de Nat King Cole. Esa fue la canción de los enamorados del libro: Manongo y Tere.

Para ellos, fue el himno de su relación. Nosotros los evocamos siempre, cada vez que la bailamos por parques y plazas, tan de memoria…

Pretend you’re happy when you’re blue –entonces-, es casi nuestro soundtrack de cuando giramos y giramos muertos de sonrisas por las calles de Surco.

Me hace recordar tanto a la celebración a la adolescencia que Zoé Valdés hiciera en su Café nostalgia, tan parecida en espíritu a la mentada obra de Alfredo Bryce Echenique.

Siempre me ha parecido que los escritores quedamos atrapados de alguna manera en juventudes las cuales queremos explotar en libros bien vividos y recordados. ¿Será una manera de exorcizar una época? ¿Sería un himno a un todo tiempo pasado fue mejor?

Quedamos invariablemente con esa deliciosamente triste duda. Mientras tanto Maju seguirá saliendo del diario en que trabaja para irme a ver, y yo la esperaré entre tazas de té y un Pretend que nos revelará una noche más de tiempo sin tiempo.


Lima, Perú
Mayo de 2007

Wilson, laptops de segunda mano, y un día de pesca (con conchas negras incluidas)

Es cierto, no publiqué la entrega de mis crónicas de la semana pasada. Mi buzón de correo electrónico estuvo lleno de reclamos y amenazas de muerte. Tengo una excusa muy seria. Se me murió el laptop. Aquel héroe-compañero de mis innumerables viajes decidió expirar. Era hermoso llevarlo en mi morral -junto a mi cámara fotográfica y mi pasaporte-, por los caminos del mundo, citando a Atahualpa Yupanqui. Su disco duro decidió que era hora de quemarse, y de dar cincuentamil vueltas en redondo sin atinar a leer datos. Me quedé sin computador.

Me dije: demonios. ¿Ahora, cómo hago?

Recordé que la avenida Wilson es el paraíso de la computación ilegal lindando en lo pirata. Hacia allá fui, fiel a mi palabra de mercenario auto-declarado. La encontré muchísimo mejor, y con una oferta increíble para la demanda actual. Hallé piezas, consolas, pantallas, software, artefactos, servicios, accesorios y demás artículos de informática necesidad.
Wilson sigue siendo el Edén de los piratas y bucaneros.

Me conseguí mi actual monstruito IBM Thinkpad T20, al módico precio de US$320, y con garantía de seis meses. ¡6 meses! ¡Garantía! Esas palabras no existían en estos lares hasta hace… bueno, no importa desde hace cuánto tiempo.

Pero –demonios (nuevamente)-, la máquina empezó a darme problemas desde el primer día. Por supuesto, regresé a honrar mi garantía de seis meses, y fui a la mañana siguiente. Me cambiaron las piezas malas, y regresé contento a casita. A los dos días, el disco duro patinó. De vuelta a Wilson. Me lo cambiaron. Al otro día, tuve otro desperfecto. Una vez más, ir a honrar la garantía. En fin, ya no recuerdo cuántas veces regresé al local ése de las computadoras portátiles baratas. Lo único que sé es que desde hace unos buenos días, ya mi máquina no me ha vuelto a fastidiar.

Está feliz ella, ronroneando encima de mi escritorio mientras escribo el artículo que debió ser de la semana pasada, con todo y disculpas.

Hace unos días atrás me fui de pesca con unos amigotes de mi infancia. Fue interesante, ya que ése quise que sea el tema de mi artículo que se comió la mitad en perdir perdones.

Salimos en la noche y llegamos de madrugada a Sarapampa, a ciento y pico kilómetros al sur de Lima. Éramos dos coches con seis tipos rudos, llenecitos de aparejos, botellas de whisky y ron, comida magra para no malograrnos el apetito, y las ganas de quedarnos todo el día siguiente en la playa. Era una salida de hombres solamente.

Llegamos, armamos carpa, lanzamos las líneas, y nos pusimos a beber mientras esperábamos a que pique algo. Con el pasar de los minutos, cada uno fue recogiendo su línea, excepto yo, el terco. Mientras los demás se resignaban a no pescar ni un resfriado, yo me la pasé bien a lo pescador-Hemingway con mis aparejos bien lanzados de orilla. Ellos bebían, yo era el viejo y el mar.

-¡Manolo, vente a chupar con nosotros!
-Ni cagando. Ahorita pican.
-¡Ya oe, no seas huevón! ¡Ven para acá!
-¡Ya! Aguanta un toque mientras engancho la línea a tu carpa.
-¡En mi carpa no! Pucha, se la va a jalar el mar.

…y no pasó nada. Nos pusimos a beber bien a lo Chivas Life, mientras los peces se mataban de risa de mis aparejos que ni irían a pescar nada.

En la mañana nos despertamos cada uno en su carpa. Con ganas de seguir el día, salí, recogí mi sedal, y lancé un aparejo fresquecito. En ese instante, uno de mis amigos dijo algo inenarrable:

-¡Puta madre! No he traído bloqueador. Vámonos de vuelta a Lima. Así no la hago.

Mis demás varoniles amigos asintieron, le dieron la razón, y empacaron sus cosas con envidiable velocidad. Estuve a punto de mandarlos al diablo, pero más pudo la amistad y los ayudé con los bultos y petates.

Enrumbamos a Lima, de vuelta, con el estómago vacío, y el orgullo entre las piernas.

No obstante, paramos en un mercadito de esos por Magdalena, y no recuerdo bien cómo fue la maroma, pero acabamos la faena de la pesca trunca comiendo un excelente cebiche de conchas negras en un puestito. Debió haber sido la felicidad de estar con los amigos, la incongruente belleza de la cocinera, o las cervezas acompañadas de las conchas negras, pero el mal humor se me fue, y todo se diluyó en un ir y venir de carcajadas, bromas y buena salud.

Lo más interesante del asunto: no me cayó mal el cebiche. Extraño, ¿verdad?

Sí, insólito y sublime.




Lima, Perú
Mayo de 2007